Casi 35 años después de su rodaje, la realizadora
Cecilia Bartolomé presentó ayer su Margarita y
el lobo, un mediometraje que la censura de la época prohibió
exhibir y de cuya vigencia no tiene ninguna duda: “Me
levanta la moral que tantos años después la película
se pueda considerar incorrecta dentro de un ciclo, porque eso
significa que dentro de todo no fue tan inútil hacerla,
a pesar de los disgustos que nos pudo costar.”
El público que llenaba la sala “tuvo una reacción
muy buena, se emocionaba y entró en la trama, lo que
significa que no ha quedado anticuada; lo que nos faltó
-se lamentaba Cecilia- fue un coloquio para ver si sigue siendo
considerada ahora tan incorrecta como lo fue en su momento.”
La protagonista del mediometraje y coguionista, Julia Peña,
acompañó a la directora en su visita a San Sebastián,
y juntas recordaron su paso por la Escuela Oficial de Cine en
Madrid. “Esta película fue la práctica de
fin de carrera y cuando el director de la escuela, José
Julio Baena, la presentó a la censura oficial pues, claro,
la prohibieron y eso significaba quemar los negativos; afortunadamente
la salvamos, pero me costó no poder hacer cine hasta
muchos años después, hasta que murió Franco.”
Con números musicales y mucho humor, la película
muestra el juicio de separación matrimonial de Margarita
y todo lo que rodea a su vida. “Aunque Julia diga que
es una historia rompepelotas, bromea, yo pienso que en aquella
práctica intentamos hacer una historia lógica,
llevando los problemas y puntos de vista de una mujer hasta
sus últimas consecuencias y no dejar títere con
cabeza”, afirma Cecilia. “Yo no quise hacer una
película ni de izquierdas ni de derechas, sino diseccionar
la sociedad en todos los ámbitos”.
Una práctica de Escuela
La película se rodó, cuentan, en diez sesiones
de siete horas, incluidos los cinco números musicales
en play back, en el plató de la Escuela de Cine, y con
colaboraciones como la de la propia Julia Peña –“la
musa de la escuela”- o de otro estudiante de la misma
escuela llamado Javier Aguirresarobe.
“En plena dictadura, explican, la escuela era un pequeño
reducto de rojerío donde se intentaba romper con lo que
se hacía entonces”, recuerda. Figuras como Pedro
Olea, Víctor Erice, Patricio Guzmán o Manuel Gutiérrez
Aragón fueron sus compañeros de promoción,
y con ellos terminó la Escuela: “Nosotros cerramos,
destruimos la escuela de cine porque considerábamos que
era una jaula dorada en el país y que éramos unos
privilegiados haciendo cine”.
Preston Sturges –“que bordaba el efecto sorpresa”–
, los musicales de Richard Lester como Qué noche la de
aquel día y clásicos como Billy Wilder eran entonces
los maestros de Cecilia Bartolomé, que sólo años
después pudo mostrar su trabajo: “Esta copia recuperada
sólo se vio en su tiempo de forma clandestina, recuerda
Cecilia, y la Paramount europea me ofreció sacarla del
país y exhibirla con otro mediometraje de Agnès
Varda en París; pero eso significaba exiliarme, yo ya
tenía mi mundo aquí, y no tenía ningún
interés en ello.”
A partir de entonces, Bartolomé se vio obligada a renunciar
a hacer más películas hasta que le encargaron
Vámonos, Bárbara (1978), “una comedia con
un final muy corrosivo y que también fue muy incorrecta
en su tiempo”.
“Después hice dos documentales sobre la transición
política española, que ahora se van a editar en
DVD, fíjate a la vuelta de los años. No se os
puede dejar solos y Atado y bien atado (1979-81), que presentan
lo que los telediarios no mostraban ; me costó un secuestro
burocrático de las películas, pero tiene el mérito
de no ser la historia contada por arriba, sino lo que no se
nos contaba, la historia que pasaba debajo, en la calle.”
Cecilia Bartolomé vivió hasta los 18 años
en Guinea Ecuatorial, y la experiencia de su infancia en África
está reflejada en su último largometraje, Lejos
de África (196), que ella define como “las vivencias
de los estertores del colonialismo”, porque quiere romper
con “la amnesia histórica que vivimos en estos
tiempos”.
P.Y.
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