Antes de ser despedido como profesor de música en la universidad, Mehmet (Metin Akdülger) envía a sus alumnos fuera del aula para captar el paisaje sonoro (término académico para referirse al conjunto de los elementos acústicos, tanto naturales como artificiales, de un espacio determinado tal y como los percibe el ser humano) de la ciudad de Estambul. Esa ciudad en la que su pareja Elif (Öykü Karayel) se siente atrapada, incapaz de sentir ningún tipo de arraigo. Elif es poetisa, pero la directora se vale para dibujar su estado de ánimo fundamentalmente de una cámara cercana que capta unos pocos momentos de su vida cotidiana, una cámara muy atenta al rostro y lenguaje corporal de su personaje. Sobre las imágenes, unas pocas palabras que resuenan como voz interior. “Ella se siente como si estuviera en una cárcel. Es un arranque de la película casi claustrofóbico. Quería mostrar a un personaje en un estado de ánimo que es como un disco roto”, definía el punto de partida de su historia la directora turca Yeşim Ustaoğlu.
Elif se cuestiona sus raíces y su identidad y necesita reconectar con su propia vida. Necesita abrir una puerta. “Pero no es posible abrir las puertas de par en par desde el principio, es algo que se hace poco a poco”, explica Ustaoğlu. Elif emprende el viaje, sale a la carretera e inicia un itinerario jalonado de paisajes de intensas fisicidades: desde el cemento y hormigón de la ciudad que abandona, pasando por los túneles que cruza para llegar a la región central del país, agresivamente árida y seca (y ahí comienza ya la apertura, pero no es suficiente, el viaje continúa), hasta subir a las montañas rodeada de un silencio apenas roto por el sonido del viento y los pájaros. Arriba, en el espacio abierto de los vastos parajes nevados, es donde comienza a terminar de desarrollarse esa liberación psicológica que buscaba.
La historia tiene mucho de biográfico para la realizadora y guionista: “Es algo en lo que llevaba pensando ya desde 2018. ¿Qué película debo escribir? Me sentía asfixiada por tantas obligaciones… Así que mucho procede de mi propia vida y experiencias. Yo formé parte de todos esos paisajes de la película. Las memorias de mi infancia están en esos lugares. Volver a las raíces era muy importante para mí, porque creo que la mayoría vivimos muy desconectados de ellas”.
La decisión de Elif afecta inevitablemente a Mehmet, quien haciéndose cargo del hijo común, emprende su propio viaje y su propia búsqueda. Poetisa y el músico en busca de su propia identidad. “Realmente quería hablar de la identidad. Quería introducir la poesía en este viaje. Todo tenía que ver con sentir la vida más intensamente. Y el paisaje sonoro también era fundamental. Quería tratar el sonido como un personaje más. Desde el principio supe que tenía que trabajar el sonido ambiental de manera muy detallada, así como la música, muy contemporánea y experimental. Quería que cada escena tuviera su sonido particular y cargado de significado”.
Hubo un punto de partida previo a este largometraje de ficción: la grabación de un documental en el que estuvo trabajando años registrando las vidas de los pocos lugareños que permanecen en esas aldeas, en esas inhóspitas zonas rurales. “Pensé que tenía que llevar al personaje de Elif precisamente allí”, dijo Ustaoğlu.
Con Artakalan / What Remains, la directora turca vuelve a concursar en la Sección Oficial del Zinemaldia después de su paso triunfal en 2018 con La caja de Pandora, que ganó la Concha de Oro, mientras su protagonista, Tsilla Chelton, obtuvo ex aequo la Concha de Plata a la mejor actriz.
GONZALO GARCÍA CHASCO