Sumergirnos en el dolor de nuestros padres para intentar entenderlos. Cuestionarnos cómo cambia nuestra visión de ellos al convertirnos en padres. Indagar en el origen de nuestros miedos y en cuánto de lo heredado determina cómo queremos a quienes nos rodean. A partir de estas inquietudes, Roberto Bueso construye El mal padre, una historia familiar que navega entre el dolor y el humor para hablar de las heridas que el tiempo no siempre logra cerrar.
Santi Balmes (Eduard Fernández), célebre escritor y académico, enfermo y consciente de la cercanía de la muerte, reúne a sus tres hijos en la antigua casa familiar para pasar juntos las Navidades: Damián (Francesco Carril), un actor fracasado; Clara (Meritxell Calvo), la más exitosa profesionalmente; y Alberto (Adam Jezierski), profesor de Secundaria y a punto de estrenarse como padre. Los lazos con su padre, ausente durante gran parte de sus vidas, son frágiles. La invitación abre un espacio para el reencuentro y para enfrentarse a una infancia marcada por la distancia.
Entre los tres hermanos laten heridas distintas y formas opuestas de afrontarlas. También hay cariño, disfrazado de ironía y de un humor negro que parecen heredar del padre. Se pelean, se hacen reproches, discuten, pero también se necesitan. Bueso encuentra en esa relación una de las claves de la película: esa manera de quererse que solo parece posible en el seno familiar y que permite que hasta el dolor deje paso a la risa. Carril señala que la construcción de esa hermandad fue fundamental en el rodaje.
La enfermedad lleva a Santi a mirar de frente aquello que durante años ha evitado. Ha dedicado 27 años a lo que llama “la gran obra de mi vida”, un proyecto que sus hijos han pagado con su ausencia. Es revelador que un hombre entregado a la escritura y la enseñanza haya sido incapaz de ser un padre cercano para sus hijos mayores, mientras sí ha formado otra familia en la que parece estar presente. La pregunta flota en el aire: ¿qué ocurrió?
Bueso no transforma a Santi en un monstruo ni busca exculparlo. La película habita una zona más compleja, donde conviven el resentimiento y el afecto. Cada hijo mira al mismo padre desde una perspectiva única. Bueso otorga protagonismo a los silencios, a las miradas y a todo lo que los personajes no logran decirse. El corazón de la historia late también en esos vacíos que el espectador debe llenar.
Para Alberto, el encuentro es particular: está a punto de ser padre y empieza a mirar su infancia con otros ojos. Santi deja de ser solo el padre que tuvo para convertirse también en una advertencia sobre el padre que él quiere ser. ¿En qué medida cambiamos cuando sabemos que vamos a tener un hijo? ¿Podemos romper lo heredado o llevamos siempre una parte de nuestros padres?
Frente a la cercanía de la muerte, Santi solo pide que sus últimos días no sean humillantes. Tal vez el verdadero desafío sea aprender, aunque sea tarde, a acercarse a sus hijos. Además, El mal padre habla del paso del tiempo y de la posibilidad de sanar. Comprender a nuestros padres no es justificar sus errores, sino intentar descifrar qué dolor, qué miedo o qué incapacidad los habitaba. En ese intento, Bueso da forma a una película que nos interpela, porque la familia, con sus silencios y heridas, termina por dolernos y definirnos.
ANDREA DE TORO GARCÍA