Pocas, pocos, de quienes estuvimos allá lo habremos olvidado. Ni lo olvidaremos jamás. Eran las 09 horas 10 minutos del 20 de mayo de 1991. En el Grand Auditorium Lumière, Cannes. Louise Sawyer ya había disparado contra el hideputa de Harlan Puckett que estaba haciendo daño, acorralándola contra un coche, a Thelma Dickinson. Le había matado con la pistola de Thelma, esposa del imbécil de Darryl. Las dos habían emprendido ya la huida. Hacia ninguna parte. Quizás a México. Sin atravesar Texas. Michael Madsen (es decir, Jimmy, uno de los pocos hombres a los que Louise concedía el derecho al roce y a saber el color de sus ojos) ya le había enviado a Oklahoma un giro por 6.700 $. El depósito del espléndido Ford azul turquesa de Louise, un Thunderbird del 66, estaba casi vacío. Pararon a echar gasolina.
Ahí, a las 09 horas 10 minutos del 20 de mayo de 1991 le conocimos. Conocimos al hijo de Jane Etta y William Alvin. Conocimos a William Bradley Pitt Hillhouse. Era J.D. Camisa blanca, pantalón, sombrero y botas vaqueras, un petate al hombro. Les preguntó educadamente si podrían llevarle. Iba a la universidad. Thelma quería. Louise se negó. A los pocos (o quizás muchos) kilómetros volvieron a cruzárselo. Thelma lloriqueó juguetona como un cachorrillo que quiere un poco de tarta. Hasta que Louise aceptó y J.D. subió de un brinco al descapotable. Llegaron a Oklahoma. A un área de servicio, dinner room y motel. Thelma y J.D. hicieron el amor. En una habitación cercana, Louise y Jimmy hablaban del amor y su fragilidad.
JD robaría los 6.700 $de Louise pero a cambio le enseñaría a Thelma no solo placeres desconocidos sino el arte y la ciencia de atracar gasolineras y colmados evitando que alguien acabe con una etiqueta en el dedo gordo del pie, en la morgue.
Harvey Keitel, Hal, el policía encargado de investigar la muerte del jodido Harlan, detendría a J.D. y le acusaría no solo del robo de los 6.700 $, sino de haber empujado a las dos hacía una huida sin retorno. Solo al final sabría Hal que Thelma y Louise eran libres, tan libres…
Para entonces ya serían las 11 horas 40 minutos del 20 de mayo de 1991. En Cannes, y nosotros ya habíamos conocido a Brad Pitt, el Brad Pitt que presenta en Donostia no solo Hearth of the Beast sino también Teenage Sex and Death at Camp Misma.
Juramos en La Croisette seguirle allá donde fuera. Y en octubre de 1991 fue a la Seminci de Valladolid. Y todas (y muchos de todos los demás) hicimos lo que había hecho Thelma, mirarle el culo. Y concluir que lo tenía, y lo tiene, bonito.
Nuestra relación pasó del plano físico al artístico y al intelectual. Brad merecía mucho la pena. Ocho años después de encontrarnos ya había trabajado con Tom Dicillo, Robert Redford, David Fincher. Y después, con Quentin Tarantino. Pasó el tiempo y ganó dos Oscars.
Pero en 2006 sucedió algo muy extraño. Descubrimos su nombre en los títulos de créditos. Pero no en el reparto principal sino al final. Brad Pitt (J.D. para nosotros) era el productor de God Grew Tired of Us: The Story of Lost Boys of Sudan. Y luego de El año del perro. Y de 12 años de esclavitud. Y de La voz de Hind. Y de El árbol de la vida, de Malick. De Blonde, o Marilyn según el libro de Joyce Carol Oates.
104 veces ha aparecido en los créditos como actor desde aquel 20 de mayo de 1991. Y hasta mañana mismo, 99 como productor. Antepenúltimo título, Teenage Sex and Death at Camp Miasma. Siempre supimos que aquel chico tan guapo de la gasolinera tenía agallas, corazón y cerebro. Maldito bastardo, bienvenido de nuevo a Donostia.
BEGOÑA DEL TESO