25 años de rodaje, más de 80 horas de la vida de Guillermina, Belinda y también de Alessandra Sanguinetti, directora de su ópera prima: La ilusión de un verano sin fin.
El inicio de este honesto proyecto fue fortuito: todo giraba en torno al interés de Sanguinetti por filmar a los animales domésticos. “Con mi familia tenemos un campo a tres horas de Buenos Aires y allí vivía Juana, la abuela de Guillermina y de Belinda, que tiene una relación muy especial con los animales. A mí me encantaba ir allí para fotografiar y explorar la vida de los animales de granja: las vacas, las gallinas, los cerdos. Los animales a los que nadie presta atención”. Mientras los fotografiaba, ellas siempre se ponían delante de ellos y Sanguinetti tenía que apartarlas. ‘¡Sácanos una foto!’, pedían a gritos. “Pero hubo un momento, en 1999, en el que empecé a conectar. Ellas tenían nueve años y les rogaba que se quedasen en el plano”, cuenta la cineasta.
Fueron meses de pura alegría, de querer estar con ellas, de revivir la infancia: “Me convertí en una niña de nueve años. Pero una niña más organizada que sabía usar las cámaras”. Sanguinetti empezó a pasar tiempo con ellas; las fotografiaba, jugaban… pero las fotos ya no eran suficientes; “en ellas, no se escuchaba la voz hermosa y fina de Belinda. Ni la forma de bailar o la energía de las chicas”, confiesa. Decidió empezar a grabar. Puso la cámara de vídeo en un trípode y, mientras les sacaba fotos, ellas actuaban para la cámara. Poco a poco, se fue dando cuenta de que “tenía una historia fotográfica y también una fílmica, que se complementaban y dialogaban entre sí, pero que eran dos cosas separadas. Y así seguí 25 años”.
En 2016, Julia Solomonoff, productora del documental, se enteró de que Sanguinetti tenía algunos videos que solía mostrar en conferencias y la llamó: “‘Ale, sé que tienes unos videos. ¿No te interesaría empezar a grabar más a las chicas?’, me preguntó. Y respondí: ‘da la casualidad de que tengo más de 80 horas’”. Ahí fue cuando empezó la producción de La ilusión de un verano sin fin. Para la cineasta, este film “es casi como ver un álbum familiar. No solo por ellas, sino porque cada momento me remite a un momento de mi vida”.
Es un film sincero que recorre las etapas de la vida de dos muchachas, que van evolucionando y creciendo al ritmo que también lo hace el proyecto: “la naturalidad con la que Guille y Beli se dejan filmar es única, nunca se preocupan por cómo salen. Parecían casi profesionales, lo disfrutaban. Creo que también influía la cercanía que tenemos, somos como una familia. No es que venga alguien ajeno a filmarlas: yo ya soy de dentro”.
La pasión de Sanguinetti por la fotografía llegó a una edad muy temprana: la descubrió a los nueve años. “Recuerdo que cuando recibí mi primera cámara mi impulso era querer abrazarlo todo. No quería que nada desapareciera”. De adolescente continuó haciendo fotos y “después estudié antropología un año y me di cuenta de que, en el aula, estaba siempre fijándome a ver a quién retratar. Supe que era a lo que quería dedicarme”. Sanguinetti es miembro de Magnum Photos desde 2007, sus obras forman parte de las colecciones del MoMA de Nueva York, el San Francisco Museum of Modern Art, el Museum of Fine Arts de Houston y el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires. En 2024 la Fundación Cartier-Bresson de París dedicó una retrospectiva a la serie de fotos de Guillermina y Belinda. La ilusión de un verano sin fin obtuvo en la sección Cineasti del Presente de Locarno el Leopardo de Oro y el premio a la mejor ópera prima.
MARÍA ARANDA OLIVARES