La belle année empieza con una chica que se acerca a una ventana abierta a un temporal de viento. Acto seguido, la cierra. Protegida del alboroto de todo aquello que pasa y no vuelve, la chica podrá tomar la casa. Hacerse con la propia memoria. Angelica Ruffier (Suecia, 1988), directora, se interpreta a sí misma en su debut en el largometraje. Ganó el Premio Especial del Jurado en la Tiger Competition de la última edición del Festival de Róterdam y ahora llega a San Sebastián para estrenarla en España.
En un ejercicio brillante y arriesgado de autoficción, tras la muerte de su padre, Angelica y su hermano regresan a la casa de su infancia, un caserón en la campiña francesa marcado por el desorden y la figura de un progenitor despótico. Mientras intenta vaciarlo, Angelica encuentra los diarios que escribió a los dieciséis años y revive el intenso amor secreto que sintió por Sylvie, su profesora de Historia.
El título remite precisamente a aquel periodo, aunque también acompañamos a Ruffier durante el año presente, marcado por dos pérdidas. “Las cosas difíciles pueden llegar a ser bellas cuando las miras con distancia. Se aprende muchísimo y se crean relaciones muy profundas con los miembros de tu familia”, nos confiesa.
La película se abre con una frase de Simone de Beauvoir: “La Tierra sería un lugar aburrido si no tuviésemos a quien admirar”. Ruffier la había escrito en su diario adolescente pero finalmente no pudo incluirla en ninguna escena. Por eso encabeza el film: siente que resume una de sus preocupaciones vitales, el valor de encontrar a alguien a quien admirar profundamente y que pueda servir de guía. “Aunque cuando la escribí, para mi era un pensamiento doloroso”.
La escritura tiene un papel fundamental. Los diarios, o alguna escena de género epistolar, permiten conservar la franqueza del deseo adolescente. Al reencontrarse con ellos, Ruffier ha tenido que lidiar con el hecho de haber amado a una profesora, una persona mayor con autoridad, y de haber crecido en una familia disfuncional. La belle année también supone un logro por la mezcla de formatos. No solo la escritura y la palabra son importantes, también la memoria rescatada de los archivos de vídeo domésticos y fragmentos de películas que la han configurado como persona y artista que desea. Delphine Seyrig, la actriz de El año pasado en Marienbad (Alain Resnais, 1961), de Jeanne Dielman (Chantal Akerman, 1975) o India Song (Marguerite Duras, 1975), por citar algunas, se vuelve un icono que vampiriza a Angelica, embrujada por su papel en la fascinante Les lèvres rouges (1971) de Harry Kümel.
La debut en el largometraje de (auto)ficción de Ruffier cuestiona tanto la identidad y su construcción, que nos preguntamos si filmarla ha cambiado algo sustancial en ella o bien si, directamente, le ha supuesto un proceso terapéutico. “No tengo ni otra visión ni más claridad sobre las cosas, pero sí tuve que trabajar sobre mi vergüenza. Y ahora estoy libre de ella”, afirma.
MARC BARCELÓ