En el cine de José Giovanni cabría un principio que rara vez se enuncia pero que, sin embargo, gobierna cada uno de sus relatos: la lealtad; una lealtad en torno al amigo, a la amante, al código del hampa, y que siempre supone un peligro mayor que la traición. A este principio, además, le acompaña película tras película, la siguiente pregunta: ¿qué es la fuga, en este universo moral, sino un aplazamiento —provisional, trágico— de una sentencia escrita en el cuerpo del protagonista desde el primer fotograma? La puerta cerrada (1971), adaptación de la novela negra de Henry Edward Helseth, “The Chair for Martin Rome” (1947) —segunda adaptación al cine tras Una vida marcada (Cry of the City, 1948, Robert Siodmak)—, responde a ambas cuestiones con gran sobriedad, desde la biografía del propio Giovanni, —condenado él mismo a muerte en su juventud en julio de 1948 y salvado por un providencial indulto— quien jamás dejó de filmar la guillotina como destino inexorable de sus personajes masculinos.
Marty (Jean-Claude Bouillon), herido en un atraco que ha costado la vida a su amigo Tom y a un inspector de policía, yace en un hospital-prisión sabiéndose, como buen jugador que asume la derrota, definitivamente condenado. Giovanni subraya que el estoicismo de su protagonista —ya visto en La evasión (Jacques Becker, 1960) y A todo riesgo (Claude Sautet, 1960), ambas escritas desde su propia biografía carcelaria— es la de un hombre que ha aceptado las reglas de un juego amañado desde el principio. El hospital es la antesala de una muerte administrada, decretada. El cuerpo vendado y débil de Marty es la metáfora perfecta de una vida que la sociedad ya ha cancelado, y que únicamente la fuga —acto desesperado, casi infantil— puede aplazar.
Es entonces cuando un abogado corrupto pretende cargarle un crimen ajeno y comprometer a Teena (Nicoletta), su amada —preservada por él de toda mancha delictiva—, empujando a Marty a huir de la enfermería. Aquí el mecanismo freudiano de la pulsión de muerte se activa no como un ansia autodestructiva, sino como disposición al sacrificio. Cada decisión que aleja a Marty de la salvación —negarse a delatar a sus camaradas, proteger a Teena, enfrentar al infame chantajista— es una decisión moral. Giovanni, heredero de un código del honor carcelario que conoció en primera persona, filma la integridad como una forma sofisticada de suicidio, en una lógica casi martirológica, más cercana al fatalismo existencialista de Albert Camus que al policíaco corriente.
La estructura del relato sigue las convenciones del policier clásico, cuyos temas giran en torno a la culpa, la redención, la huida o la crítica social. Asimismo, Giovanni introduce una torsión en sus historias que lo distancia de sus coetáneos en donde ensucia, significa o sentimentaliza a sus torturado personajes. Su Marty es un hombre que sufre su propio destino, que llora y que ama con una torpeza casi adolescente. La cámara de Giovanni, nada geométrica o distante, busca el rostro antes que la silueta, más el gesto que la acción. El film conserva intacta esa notable energía moral que atraviesa toda la obra de Giovanni, esa convicción de que la sociedad fabrica a sus culpables tanto como persigue a sus criminales, con el patíbulo siempre en el horizonte, verdadero protagonista invisible de La puerta cerrada. Para Giovanni, el amor y la lealtad no redimen, simplemente dignifican la caída. Marty afronta su destino con la serenidad de quien, muy difícilmente, podrá escapar de la espiral de violencia que ha marcado su vida. La violencia, la amistad, la lealtad y la aceptación del destino aparecen aquí despojadas de toda argumentación heroica, convertidas en una forma de verdad personal.
ANTONIO JOSÉ NAVARRO