Existe una estirpe del cine criminal francés que no ansía proveer al género de una justificación moral, sino mostrar su reverso trágico, donde el destino se revela como una sentencia inapelable y la amistad como último reducto de genuina dignidad en un universo que ya ha decidido la suerte sus criaturas. A ese estirpe, decíamos, pertenece El clan de los marselleses (1972), adaptación que el propio José Giovanni hizo de su novela “El excomulgado” (1948), llevada al cine once años antes por Jean Becker en Un tal La Rocca (1961), también con JeanPaul Belmondo. El título, una expresión en argot marsellés para nombrar la mala suerte —algo así como “tener mal fario”, o “estar salado”—, y que describe la maldición que persigue a los hampones protagonistas, funciona como declaración de intenciones. Nadie escapa de su “mal fario”, de su scoumoune.
¿Por qué regresar a un material ya filmado? Porque José Giovanni, una suerte de heredero declarado de Jean-Pierre Melville pero despojado de su glacial estilización, ansiaba endurecer aquella primera versión a fin de proponer un polar terrenal, casi balzaquiano, en el que representar un microcosmos social —la Marsella y Toulon portuarios de entreguerras— en el que el crimen, más que una opción, es un legado. JeanPaul Belmondo, en la piel de Roberto Borgo —un hombre marcado por la scoumoune—, y Michel Constantin, como Xavier Saratov, construyen una diarquía viril que remite tanto al gángster americano de los años treinta como a la tragedia clásica. Dos hombres unidos por un pacto de sangre que la traición ajena y la cárcel se encargarán de erosionar sin destruir del todo. Claudia Cardinale, como Georgia, hermana de Xavier, se convierte en testigo doliente de un pacto masculino que estructuralmente la excluye lejos de la femme fatale que el noir americano legó al imaginario colectivo.
La puesta en escena de José Giovanni, deudora de un realismo poético tardío, rehúye el manierismo del polar que por entonces cultivaba hasta su admirado Melville en sus últimas obras. Una mirada fílmica funcional, casi documental, atenta a los oficios y los negocios —la pesca, el proxenetismo, el contrabando, el desminado bélico— como si el cineasta desconfiara de cualquier retórica capaz de traicionar la aspereza de lo vivido en toda su dimensión física y emocional. Ahí reside su valor testimonial, pues no filma el hampa desde la fascinación estética, sino desde su vívida experiencia en los bajos fondos. Como es sabido, Giovanni forma parte de esos escritores-cineastas —junto a Auguste Le Breton— que trasladaron al policier un bagaje biográfico directo, gestado en el delito y el presidio. El código de honor entre hombres, la lealtad como valor superviviente en un mundo sin trascendencia, la cárcel como forja física y anímica, más que como castigo.
Vista hoy, El clan de los marselleses aparece como un destacado eslabón entre el policier clásico francés y el posterior thriller nihilista de los años setenta. Su interés no es solo histórico, sino que también reside en la fuerza de Belmondo y Constantin como representantes de un mundo criminal en vías de desaparición. José Giovanni encuentra dos rostros que encarnan, sin subrayado psicológico alguno, la certeza de que ciertos hombres nacen ya condenados por el lugar y el tiempo que les tocó habitar. Ese determinismo, más metafísico que sociológico, confirma su estatuto de cronista existencial, antes que de estilista, del inframundo francés. Escapar significa traicionarse; permanecer fiel, destruirse. Entre ambas posibilidades sobrevive, amarga, la tragedia de unos hombres que, pese a haber elegido la violencia, conservan una última aspiración desesperada: morir sin haber traicionado aquello en lo que una vez creyeron.
ANTONIO JOSÉ NAVARRO