Tras una década marcada por una sucesión de éxitos de taquilla culminada con El clan de los sicilianos (Henri Verneuil, 1969) y Último domicilio desconocido (1970), la arriesgada decisión de Giovanni de alejarse de las vías más reconocibles de su cine con una película como La puerta cerrada (1971) se saldaría con un fracaso económico que lo situó en un callejón de difícil salida: si la industria parecía dispuesta a perdonarle un error, no se la intuía tan tolerante ante un segundo.
Urgido a localizar un proyecto de garantías, Giovanni se encontró sin historias propias en cartera, centrado como había estado en la escritura del guion con el que el escritor Pierre Lesou quería dar continuidad a Un condé (Yves Boisset, 1970) y la adaptación de Papillon que iba a interpretar Johnny Hallyday antes de que el proyecto saltara a Hollywood. Por lo que decidió sortear el escollo buscando materia prima para su siguiente película en la cantera segura de “Série Noire”, la colección de la editorial Gallimard donde él mismo había publicado el grueso de su obra. Y no tardó en encontrar en su catálogo un relato del escritor anglosajón Bill Reade en el que intuyó material idóneo para afrontar el reto: la historia de un hombre pacifista, amante de la naturaleza y responsable de una organización no gubernamental suiza que se ve impelido a tomar las armas y pasar a la acción directa para liberar a los presos políticos encarcelados por la dictadura de un indeterminado país europeo. Una película que ahondaba en vías ya holladas en su filmografía al tiempo que permitía una reflexión política no inédita pero sí poco habitual en su cine.
Mayo del 68 había dejado como herencia una evidente politización de las pantallas que si en Francia había delimitado Z (Costa-Gavras, 1969), en Italia se encauzaba hacia un cine destinado a levantar acta de militancia monolítica. Pero, siempre reacio a cualquier codificación ideológica, Giovanni optó por alejarse de esta línea y apostar por una reivindicación genérica del humanismo y el ecologismo, que, negando la legitimidad de la violencia, terminaba dando en crítica difusa a los totalitarismos de cualquier signo, con decisiones de abstracción tan confusa como esconder que la dictadura bajo la que se desarrollaba la acción era la franquista por mucho que la localización española fuera patente en todo el metraje.
Cine político que no llegaba a serlo, discurso ideológico que no terminaba de articularse: un proyecto a contrapié que chocó con el público más militante, pero que tampoco consiguió alcanzar otro más general. La película no carecía de atractivos para ello: espectaculares paisajes de montaña, escenas de acción a cargo del especialista Remy Julienne, localizaciones en el impresionante Fort Liberia del Pirineo francés, deslumbrante banda sonora de François de Roubaix. Súmese un realismo descarnado: el actor Charles Denner, judío y antiguo resistente, se vio obligado a abandonar el rodaje incapaz de trabajar en unas celdas que le hacían revivir las que tanto él como su hermano habían conocido bajo tortura durante la Ocupación. Pero los bruscos cambios de registro de la película y la arriesgada apuesta de Giovanni por recurrir a actores de confianza —Rufus, Alexandra Stewart, Paul Crauchet, el irundarra Frédéric Santaya— carentes de la popularidad necesaria para atraer público a las salas, terminaron hundiendo la película en taquilla. Où est passé Tom? no conseguiría ni llenar el cine Balzac la noche de su estreno, y tras un recorrido fantasmagórico por las carteleras terminaría reducida al malditismo y condenada a una invisibilidad que pesará sobre ella décadas.
FELIPE CABRERIZO