“El pisito. Novela de amor e inquilinato”. Esa fue la rúbrica bajo la que la editorial Taurus sacó al mercado en 1956 la primera novela de Rafael Azcona. Un año antes, el mismo sello había publicado “Vida del repelente niño Vicente”, pero en rigor no se trataba de una novela sino de un conjunto de textos breves que previamente habían visto la luz en las páginas de “La codorniz”, semanario de referencia que, bajo el epígrafe “la revista más audaz para el lector más inteligente”, constituyó un pequeño espacio de disidencia durante los años más oscuros del franquismo cuestionando convenciones sociales a través del humor. En sus páginas, Rafael Azcona había logrado labrarse un nombre como escritor satírico mientras sobrevivía en aquel Madrid bohemio donde había aterrizado procedente de su Logroño natal. En aquel entonces, entre sus planes no estaba el convertirse en el gran guionista de la historia del cine español, pero paradójicamente fue aquella primera novela la que le condujo a serlo.
El texto cayó en manos Marco Ferreri, un oscuro realizador de cortometrajes publicitarios que se presentó en España como representante comercial de TotalScope, la versión italiana del CinemaScope. Pero como sus deseos de dirigir cine eran superiores a sus habilidades como comercial, Ferreri embaucó a Azcona para que le vendiera los derechos de aquella novela y le animó a que fuera él mismo el que le diera forma de guion cinematográfico. La producción estuvo llena de contratiempos. Ferreri no tenía el pertinente permiso administrativo para filmar en España y tuvo que acreditar como codirector a su productor (Isidoro M. Ferry, ex nadador olímpico que tras ejercer de ayudante de dirección en alguna que otra producción internacional terminaría dedicándose al negocio de la exhibición cinematográfica en Benidorm). Tampoco había dinero para armar un reparto de grandes nombres y la cosa se solucionó tirando prácticamente de actores amateur para los papeles de reparto (caso de una jovencísima Chus Lampreave, por aquel entonces aspirante a pintora) y de dos intérpretes contrastados, pero de escasa trayectoria en el cine, para encarnar a la pareja protagonista. Mary Carrillo, al menos, atesoraba cierto prestigio en la escena, donde ya era considerada una primera actriz, pero José Luis López Vázquez, a sus 36 años, era un intérprete de papeles de reparto que compaginaba sus desempeños actorales con su faceta como figurinista y autor de decorados.
Haciendo de la necesidad virtud, y acaso sin pretenderlo, Ferreri y Azcona confirieron carta de naturaleza a un arquetipo de antihéroe que representaba las frustraciones del españolito medio y que bajo las facciones de López Vázquez se proyectaría por todo el cine español de las siguientes décadas, de Berlanga a Saura, pasando por Ozores, Forqué, Olea o Regueiro. Cada uno de estos directores, atendiendo a sus particulares inquietudes, se serviría del actor y de la veta tragicómica que éste encarnaba para enriquecer dicho arquetipo desde diferentes perspectivas. Porque El pisito (1958) no es otra cosa que una tragicomedia (o, como le gustaba de decir al propio Azcona, una tragedia grotesca). Un esperpento en torno a una pareja de novios a la que se les ha agotado el amor de tanto postergarlo y cuya única oportunidad para formalizar matrimonio es casarle previamente a él con su anciana casera en aras de que herede el piso en el que habita como huésped. Problema tan acuciante en la España de hoy como en la de entonces, como ya se había encargado de demostrar, un año antes, José Antonio Nieves Conde con El inquilino (1957), otro largometraje que, como El pisito, ha terminado por convertirse en film de culto tras el rechazo que inicialmente suscitó entre las autoridades y entre los espectadores.
JAIME IGLESIAS