Seis meses en el edificio rosa con azul es un film lleno de color y vitalidad. En él, el director mexicano Bruno Santamaría Razo, desempolva una parte de la historia de su familia que hace años no logró entender.
Santamaría nos sitúa en Ciudad de México, en la década de los 90. La noche que celebra su onceavo cumpleaños se enamora de su mejor amigo: Vladimir. Esa misma noche, su padre recibe un diagnóstico de VIH positivo que pone su casa patas arriba. Su familia se refugiará en el baile, las clases de aerobic y la pintura para calmar el dolor: “De alguna manera lo vivimos con una sensación de: ‘está ocurriendo esto, que es un poco desastroso, pero bailemos, llenemos las paredes de color, abramos las puertas y celebremos con nuestras vecinas’”.
El cineasta se atreve con la ficción, sin abandonar la no ficción. La decisión de compartir su historia llegó en época de pandemia, cuando “la sensación de aislamiento me hizo regresar a un recuerdo de mi infancia. Decidí entrevistarlos pensando en hacer un documental. Pero tras las entrevistas fue todo mucho más difuso. Empecé a escribir y a ordenar lo que me contaron mis padres y fue ahí cuando aparecieron cosas que no habían ocurrido: entro la imaginación”.
Encontrar el elenco para representarlos a él y a su familia no fue tarea fácil, sobre todo en el caso de Bruno y Vladimir. “Para Bruno vimos a más de 600 niños, pero ninguno funcionaba. Un día, en la fila de una obra, estaba Jade Reyes con su madre como espectadores; con unos ojos gigantes y una mirada tierna y muy queer. Nos acercamos y les entusiasmó la idea de participar. Después resultó ser que su madre es terapeuta de infancias trans. Jade tiene una apertura y unas reflexiones que un niño de once años no suele tener”. Tampoco resultó sencillo separar realidad de la ficción. De hecho, el director reconoce que la clave fue “entender que no son mis padres, sino personajes que estamos construyendo”.
Durante el proceso de creación, todo el equipo se abrió y compartió anécdotas de sus familias, de crecimiento, de identidad. “Todo ello fue sumando mucho a la película e hicieron que me sintiera muy acompañado”, comenta. Este acompañamiento ha ido más allá de los rodajes: “cuando la película se proyecta me llegan mensajes, la gente me para por la calle para contarme cosas de su abuela, de su tío, de cuándo era pequeño…”. Y precisamente eso es lo que hace el director en Seis meses en el edificio rosa con azul, hablarnos de esas madres todoterreno, encargadas de las tareas domésticas, y responsables con su trabajo, con la crianza, con la educación. Y también nos habla de un padre que, a pesar de no tener esa conexión con la realidad, “tiene una gran sensibilidad para cuidar y construir una vida emocional. El personaje de Bruno aprende eso de él desde muy pequeño: esa forma de prestar atención a las emociones, al cuidado. Es curioso porque el padre de la película, y también el mío, son hombres bastante distintos al arquetipo de hombres de su generación. Muy sensibles y, de alguna manera, también queer. Hay algo en esa exploración, en esa sensibilidad, que parece que trajo un dolor a esas casas. Y por eso, de niño, pensaba: ‘esto es posible y es bello, pero nos está trayendo problemas’”. Realizar este film le ha permitido “descubrir muchas cosas sobre su padre, sobre su identidad y sobre su sexualidad que antes no me atrevía a preguntar”.
La película llega respaldada con el Premio Sebastiane Latino: “Siento que encaja muy bien con lo que sentimos que debería ser el cine. Creo que el Premio celebra eso de la película: romper con la normativa de cómo deberían ser las cosas”.
MARÍA ARANDA OLIVARES