Desde que se proyectó en la sala Debussy del Festival de Cannes, en la sección Un Certain Regard, Club Kid desató adhesiones inmediatas, advertencias entusiastas en redes sociales de que era la película más cool y emotiva que se había visto en esos días. Fiesta, desenfreno, ambiente gay, música e inesperados sentimientos paternales eran las palabras clave, pero eso no lo explicaba todo. Había expectación por conocer el debut en la dirección de Jordan Firstman, el actor que se prestaba al hábil juego de metacine de Rotting in the Sun (Sebastián Silva, 2023), el comediante que se convirtió en celebridad en internet durante la pandemia y estrella de la serie de HBO I Love LA (Rachel Sennott, 2025). El resultado estuvo aún por encima de las expectativas. Que el jurado oficial no le otorgara premio no erosionó la certeza de que Club Kid era una de las revelaciones de este año en Cannes. Hace unos días, por otra parte, obtuvo en el Festival de Deauville el Grand Prix y el premio del público.
Jordan Firstman logra desde el inicio una inmersión en el ambiente más hedonista del Nueva York de finales de los 80 y en el excitante momento que está viviendo Peter (interpretado por el propio Firstman) como organizador de fiestas exultantes en clubs de moda. Filmando en 35 mm, el director de fotografía Adam Newport-Berra mueve la cámara entre las brumas y colores de las relaciones sociales, las insinuaciones sexuales, las sustancias legales, o no, y el bombeo de la música. El subidón de la noche y la resaca matinal, en exitosa compañía o en infructuosa soledad, no son meramente ilustrativas: Firstman logra describir todo un mundo de sensaciones y personajes que se cruzan y construyen unos años de placer y triunfo para el protagonista.
El revés es inevitable: diez años después, el estrés y las sustancias empiezan a hacer mella, pero el director y también guionista evita el convencional moralismo y el tópico del ascenso y caída. El giro viene en forma de un niño de diez años del que Peter es padre, o eso le dicen, fruto de su única relación sexual con una mujer. Y el niño acaba de quedarse huérfano de madre. Hábil, de nuevo, el cineasta construye una relación sincera, de mutua necesidad no exenta de aristas, entre esos dos extraños en un entorno en principio muy inadecuado. El kid del título puede ser una referencia evidente a El chico de Charles Chaplin, pero hay mucho de esa ternura bien entendida, ganada a pulso por ambos, mientras el entorno se vuelve hostil y castrador ante esa relación aparentemente inconveniente, teniendo en cuenta el mundo en que se sigue moviendo Peter.
Club Kid es un retrato con vida propia de esos años fulgurantes pero también dolorosos en la Nueva York más excitante, con músicas percutantes para la pista de baile, pero también con canciones de Pinback, Arthur Russell o Ethel Cain que van tejiendo hábilmente el cambio de colores de los focos deslumbrantes a los sentimientos melancólicos. Además, es un valiente enfrentamiento a la desolación tras los días de vino y rosas, a la necesidad de cambiar en la madurez sin querer renunciar a la propia personalidad. Y un empeño en demostrar que una valiosa relación paternofilial también puede surgir y afianzarse más allá de las convenciones sociales y los organismos protectores que no pueden comprender ciertos casos. Aunque la realidad sea tozuda. Porque ese niño que no es un comparsa en el film, sino un verdadero personaje con notables diálogos y reacciones en ese ambiente atípico pero no dañino, que también puede ejercer de padre protector, y se declara fan de Cocteau Twins y Massive Attack porque le gustaban a su añorada madre, no puede estar mal criado.
RICARDO ALDARONDO