Danny Boyle abrió la pasada Mostra de Venecia con Ink. El film es un relato sobre el desembarco de Rupert Murdoch en el universo de los tabloides londinenses y la vertiginosa transformación de “The Sun” en una de las cabeceras más populares y controvertidas del Reino Unido. La película llega ahora a San Sebastián como sorpresa del Festival.
Boyle, junto al guionista James Graham, adapta la obra teatral del propio Graham y encuentra en la alianza entre Rupert Murdoch y Larry Lamb el motor de una película que funciona tanto como relato de ascenso empresarial como radiografía de una transformación que acabaría modificando para siempre la relación entre la prensa y sus lectores. Guy Pearce interpreta a Murdoch y Jack O’Connell a Lamb. Ambos sostienen una película que encuentra en esa relación su mayor fuente de energía.
O’Connell convierte a Lamb en una fuerza de la naturaleza, un hombre dispuesto a hacer todo lo necesario para conseguir lectores, convencido de que cada portada debe superar en escándalo a la anterior. Pearce compone un Murdoch más frío y contenido, alguien que observa desde cierta distancia las extravagancias de su editor. Claire Foy aporta un necesario contrapunto femenino a un ecosistema construido por hombres. Su personaje evita que la película se limite a observar desde dentro la maquinaria que contribuye a poner en marcha.
Boyle dirige con elegancia sin renunciar a la energía que ha definido su cine desde Trainspotting. Ink tiene ritmo, nervio y un espíritu punk que encaja con el momento histórico que retrata. El pulso de la cinta recuerda al de 127 horas o al montaje febril de Slumdog Millionaire, aunque aquí el vértigo está puesto al servicio de una historia de ambición corporativa en lugar de supervivencia física. Resulta fundamental el trabajo de montaje de Fin Oates, capaz de cambiar de velocidad según lo requiere el relato y de convertir la sucesión de acontecimientos en una carrera cada vez más descontrolada. Boyle sabe cuándo acelerar y cuándo detenerse para observar las consecuencias de esa velocidad, algo que ya demostró con la biografía fragmentada de Steve Jobs.
Aunque pueda parecer que Murdoch no comparte las formas de Lamb, Boyle deja claro, con más sutileza de la esperable, que la desavenencia entre ambos es, fundamentalmente, estética. Al final, business is business. Cada intento de Lamb por arañar un nuevo lector supone empujar la línea roja de los límites de la prensa unos metros más allá. Murdoch podrá fingir incomodidad y aparentar cierta distancia moral, pero nunca llega a poner un freno real a una maquinaria que, además de execrable, resulta extraordinariamente rentable.
Ahí está una de las mayores virtudes de la película. Ink no necesita convertir a Murdoch en un villano para explicar quién es. Su carácter se construye en los detalles, en esa capacidad para desentenderse de las formas mientras disfruta de los beneficios. Su ambigüedad es una forma de ejercer el poder: dejar que otros suban la apuesta para recoger después los resultados.
El montaje del tramo final es tan rápido que el espectador puede pasar por alto quién ha sido realmente Murdoch y cuál ha sido su historia más reciente. El magnate, su imperio mediático y las consecuencias de aquella forma de entender la información forman parte de nuestra historia reciente.
La película habla de periódicos, titulares y lectores, pero también de poder y responsabilidad, de cómo una frontera se mueve cuando alguien descubre que cruzarla resulta rentable. Boyle firma una película vibrante y entretenida que demuestra que antes del clickbait y de la información convertida en mercancía, hubo quienes comprendieron que el escándalo podía venderse, y que siempre habría alguien dispuesto a comprarlo.
IMMACULADA PILAR COLOM