En 2007, el Zinemaldia acogió el estreno de Casual Day, una acerada visión del mundo de las relaciones laborales con un reparto donde brillaban Juan Diego, Alberto San Juan, Luis Tosar, Estibaliz Gabilondo, Malena Alterio y un largo etc. Aquel segundo largometraje dirigido por Max Lemcke se convirtió, prácticamente desde su presentación en Donostia, en un film de culto: su estreno en salas apenas tuvo impacto y en los Goya fue ninguneado, pero un sector significativo de la crítica lo encumbró como uno de sus favoritos de aquel año. De hecho, y pese a no rascar ninguna candidatura a los premios de la Academia, en la gala anual de Círculo de Escritores Cinematográficos (antesala de los Goya), fue la película que recibió más galardones. Toda una anomalía. Este reconocimiento alentó a su director y a sus guionistas (los hermanos Pablo y Daniel Remón) a doblar la apuesta en su siguiente proyecto, realizado tres años después, cuando las derivas de ese capitalismo absurdo y salvaje que les había servido de inspiración para Casual Day se habían tornado trágicas tras la crisis de la subprimes que dio lugar a la Gran Recesión de 2008. En un contexto así se imponía hablar no ya de los tiburones del sistema, sino de sus víctimas, y eso fue lo que hicieron Lemcke y sus guionistas con Cinco metros cuadrados, película que recoge las vicisitudes de una pareja de novios que ve cómo sus sueños de boda se van al traste después de ser estafados por la constructora encargada de erigir el que iba a ser su nuevo hogar
A partir de ahí, lo que acontece es una peripecia kafkiana donde Alejandro y Virginia, junto a otros damnificados, se enredan en reclamar justicia a unas instituciones que parecen hacer oídos sordos a su desesperación, dejándoles en una situación de indefensión total. Pero en Cinco metros cuadrados, el tema de la vivienda es únicamente un Macguffin: el tuétano de esta historia está en hasta dónde está dispuesto a llegar el individuo en su lucha cuando, poco a poco, va quedándose sin apoyos. Porque luchar cansa y eso hace que muchas de las voces en principio más combativas se vayan apagando por el camino. Súmese a esto que al individuo es muy fácil callarle, ya sea mediante una compensación económica o mediante amenazas. Únicamente aquel que no tiene nada que perder (caso del protagonista de esta película, desahuciado, despedido, abandonado por su pareja y con el único objetivo de que le den el piso en el que invirtió todos sus ahorros), está en disposición de seguir en la lucha, ya que lo único que puede poner en juego es su dignidad.
En este sentido, resulta conmovedora la interpretación de Fernando Tejero, siguiendo la estela de nuestros grandes tragicómicos. Él pensaba que aquel iba a ser el papel que confiriese un giro definitivo a su carrera (tras el encasillamiento que vivió a cuenta de la exitosa Aquí no hay quien viva) y lo cierto es que las primeras reacciones ante el film parecían apuntar en esa dirección. Su triunfo en el Festival de Málaga de 2011 y el galardón al mejor actor que recogió el propio Tejero en el certamen auguraban un buen recorrido para el film. Pero no fue así. Es cierto que la película adolece de una indefinición (ora virando hacia el thriller, ora hacia el drama) y de problemas en su construcción que habrían podido contribuir a que el público le diera la espalda. Sin embargo, la teoría más probable es que en aquellos momento de incertidumbre y angustia colectiva, fueran pocos los espectadores dispuestos a ir al cine para confrontarse con las miserias de un personaje que representaba el día a día de tantos españoles. Ha llegado pues el momento de recuperar esta película, aunque solo sea por su notable interés como documento antropológico retratando un pasado nada remoto.
JAIME IGLESIAS