En la biblioteca del Museo Reina Sofía, Dante, un historiador, realiza una investigación sobre Juan Bialet Massé, autor de “El estado de las clases obreras argentinas”. Llega temprano a diario; antes, incluso, de que el guardia abra la puerta. Tal es la entrega devota con la que se dedica a su labor. Su rutina se ve trastocada cuando se encuentra con Eva, una directora de cine que pasa por Madrid tras presentar una película en Francia. Así comienza A veces me entra tristeza… El último largometraje de María Aparicio, protagonizado por el crítico Roger Koza y la actriz Eva Bianco, que ganó en la Giornate degli autori de Venecia.
Como en sus obras anteriores, Aparicio continúa su profunda indagación sobre el mundo del trabajo. “Ahí es donde se manifiestan muchas de las complejidades de la sociedad”, reflexiona la directora cordobesa, “es donde se vuelven nítidas las relaciones de poder que nos ordenan y también las desigualdades”. Encontrarse con la obra de Bialet Massé ha sido clave en la elaboración de su cine, pues “sus textos me hicieron poner en perspectiva histórica las discusiones que hoy están en el presente”.
Los dos protagonistas también ejercen una profesión en la película. En el caso de Eva, su personaje realiza algo muy parecido a lo que hace ella en la vida real. “Yo como actriz”, confiesa, “siempre me pregunto para qué hago lo que hago, sobre todo cuando nuestro oficio, actuar en obras de teatro y películas, tiene una utilidad distinta a la de un médico”. Ante esa interrogante, Bianco sabe que no hay una respuesta única, pero está convencida que “las películas siguen unos rumbos que una no sabe y pueden abrirle un mundo a alguien”, señaló.
Por su parte, Roger Koza sí que tiene una profesión distinta a la de Dante. Aunque la crítica de cine tiene una responsabilidad con la historia, no es necesariamente la praxis de un historiador con vocación académica. “La película toma una lectura de los límites del saber académico y qué se hace con él”, comentó. Esto tiene un vínculo evidente con la comprensión de la investigación como un trabajo. Sobre ello, Koza añadió que la película tiene una relación con “el trabajo concreto y la dimensión del pensamiento sobre el trabajo concreto, poniendo en juego algo que el propio film resuelve discursivamente en un diálogo entre el personaje de Eva y Dante”. Se trata de una secuencia trascendental, de “la más alta metafísica”, donde tras discurrir sobre la imposibilidad del pensamiento para frenar el triunfo de Milei o el genocidio en Gaza, la película pasa, consecuentemente, a filmar trabajadores de diferentes profesiones, nacionalidades, etcétera.
En todo ese tramo de A veces me entra tristeza…, las personas aparecen filmadas en primeros planos frontales hablándole directamente a la cámara. Es una manera de construir una pluralidad conjunta. “Hubo un momento en la historia donde una gran masa de trabajadores se reconoció como parte de algo”, mencionó Aparicio. Mientras que hoy día, continuó, “¿Qué une al repartidor de Glovo, al conductor de Uber, a un docente, a un periodista, a un cineasta? Para mí esa línea existe; sin embargo, parece que es imposible de trazar, al menos en las discusiones públicas de hoy”, reflexionó. ¿De qué hablamos cuando hablamos del mundo del trabajo? De ese hilo invisible que nos une a la mayoría de la población, que nos tiene sumidos en la tristeza, aguardando esa tan ansiada rebelión que implora, afablemente, el film de Aparicio.
JOSÉ EMILIO GONZÁLEZ