Nos encontramos con Ignacio Masllorens (Buenos Aires, 1973) para hablar de la obra que ha codirigido con el pionero del arte conceptual David Lamelas (Buenos Aires, 1946). En ella, los directores recuperan a Rubén Santantonín, vanguardista de los años sesenta cuya obra fue en buena parte destruida y cuya figura cayó en el olvido. No es un homenaje cualquiera, como es de esperar de las producciones de El Pampero Cine.
¿De dónde surge la película?
La película nace de un encargo de ISLAA, el Institute for Studies on Latin American Art de Nueva York, una institución que preserva archivos y obras de artistas latinoamericanos. Tenían un archivo de Rubén Santantonín y contactaron con El Pampero Cine para hacer una película a partir de ese material. La gente de El Pampero es muy amiga mía y, como estaban ocupados con otros proyectos, me propusieron como director. Era una propuesta muy atractiva: me gusta trabajar con archivos y con encargos, y además suponía trabajar con un grupo de amigos y de gente a la que admiro muchísimo.
¿Y cómo entra David Lamelas en el proyecto?
También fue una propuesta de ISLAA. Me pareció muy interesante trabajar con un artista que estuviera vivo y activo, en lugar de enfrentarnos únicamente a los archivos de Santantonín. Antes incluso de conocerlo personalmente, dije que sí.
¡Todo esto es muy parecido a lo que pasa en la ficción!
Desde el primer momento con David sabíamos que no queríamos hacer un documental convencional. La idea era hacer una película dentro de otra película. En cierto modo, David y yo dirigimos como el David de la ficción, y Laura Citarella, nuestra productora, en algún momento sentía que actuaba como las productoras de la historia, alertándonos de que rodábamos demasiado [se ríe]. Sabíamos que queríamos coquetear con la ficción y utilizar elementos documentales.
También está muy presente el choque entre el mundo del cine y el del arte contemporáneo.
Hago obra y videoinstalaciones, pero también trabajo en cine. Me interesaba ese choque: la gente del cine tiene unos códigos y la del arte contemporáneo tiene otros.
Y el humor es muy fino en su mirada sobre curadores, reflexiones, y el entorno del arte contemporáneo.
Hay una pequeña parodia sobre ambos mundos, tanto cine como arte. El arte contemporáneo está construido sobre una especie de gran artificio: Sabemos que es una farsa, pero todos fingimos demencia [se ríe]. Es gracioso desarmarlo un poco.
¿Existe realmente tal interés de las nuevas generaciones sobre ese período artístico?
No tanto. En mi círculo, El Pampero, etc., sí. Igualmente sabía que a los veinteañeros del film se les despertaría un interés genuino por David. El choque generacional me interesaba. Yo sabía que la película de alguna manera iba a hablar sobre el paso del tiempo y sobre las edades. Cuando aún no habíamos construido en guion con Agustín Mendilaharzu y Walter Jakob, ya sabía que ese era un tema que iba a estar.
Santantorín visitó Europa y se volvió de inmediato. Ahora ustedes estrenan el film aquí.
No quiso ser seducido por el mundo cultural europeo eurocentrista que dominaba en ese momento. Me parece un acto de una personalidad enorme. Pero ahora es muy emocionante estar aquí. Su obra no llegó a ser conocida como merecía. Incluso en Argentina mucha gente no sabe quién es. Que ahora su nombre aparezca en un catálogo de San Sebastián o de Venecia y que un público que va a ver una película se entere de quién era me parece maravilloso. Creo que la película le hace un poco de justicia.
MARC BARCELÓ