El cine del autor japonés Ryusuke Hamaguchi pertenece a la tradición humanista de realizadores como Frank Borzage o Jean Gremillon. Sus personajes están inmersos en la búsqueda de un encuentro con el otro que permita un instante de reconocimiento mutuo, aunque el camino para llegar a ello no esté libre de asperezas. De repente, su más reciente largometraje estrenado en el festival de Cannes, no abandona sus inquietudes y lleva su método a dimensiones más metafísicas y radicales.
De repente transcurre durante unos cuantos días de junio y julio de 2025. Comienza en una residencia de ancianos con demencia donde Marie-Lou (Virgine Efira, reflexiva) quiere implementar entre el personal de enfermería un método de cuidado para las pacientes. Sin embargo, esto colisiona con un sistema donde los ejecutivos priorizan sus intereses y el personal reclama, comprensiblemente, mejores condiciones laborales. La vida de Marie-Lou cambia cuando se encuentra con Tomoki, un adolescente con discapacidad intelectual quien, por un momento, está lejos de sus personas cuidadoras: su abuelo, Goro, un actor de teatro, y Mari (Tao Okamoto, jovialmente desahuciada), la dramaturga y directora japonesa autora de la obra que éste interpreta, “Da vicino nessuno è normale” (de cerca nadie es normal).
La homonimia, Marie y Mari, no pasa desapercibida. A Hamaguchi le fascinan los juegos de espejos porque, como dice Bruto en “Julio César” de Shakespeare, “el ojo no se puede ver a sí mismo, más que por reflejo”. Y es que en sus más de tres horas de duración, las cuáles avanzan fluidamente como la arena de un reloj, ambas mujeres se volverán el espejo la una de la otra. Tras asistir a la representación de la obra de Mari, directora japonesa y filósofa con un cáncer en fase terminal, Marie-Lou comienza una profunda relación con ella.
El teatro vuelve a ser una preocupación fundamental para el director japones (véase la representación Chejoviana multilingüe en Drive My Car o el juego de roles en el último capítulo de La ruleta de la fortuna y la fantasía). En esta ocasión, entre muchas otras cosas, para ilustrar la máxima vocación directoral de Mari: el teatro es la filosofía llevada a la práctica.
La relación (bilingüe, porque ambas hablan japones y francés) se desenvuelve en el acompañamiento de Mari en el ocaso de la vida y el intento de lograr mejores prácticas de cuidado en la residencia donde trabaja Marie-Lou. Así, emerge una serie de solidaridades repentinas entre los distintos personajes. Esto se manifiesta a un nivel de puesta en escena tan sofisticada como simbólica, donde la relación entre los planos sirve para dar cuenta de las implicaciones íntimas entre personajes que no se conocen.
En De repente, no hay idea discursiva que no encuentre una manifestación en forma de imagen. Así, una composición, la entrada a cuadro de un personaje, un movimiento de cámara, termina por reflejar las complejidades de la situación. En una escena clave, Mari le explica a Marie-Lou cómo funciona el capitalismo y por qué en él se procrea menos y se envejece más rápido. En una pizarra, dibuja una pirámide. En su base coloca la naturaleza, en el medio el capitalismo y en la punta la democracia. Si nos cargamos la naturaleza, no queda nada. Un plano al final de la película muestra las copas de los árboles en su base inferior, los edificios que erige el ser humano y, arriba, un cielo luminoso. La naturaleza, el capitalismo y, por encima, ya no la democracia sino el destello trascendental de juntarnos con el otro, de regresar de dónde venimos.
JOSÉ EMILIO GONZÁLEZ