Hay en el origen de este Entre lobos (1985) un episodio real destinado a marcar a fuego el devenir de la política italiana. En diciembre de 1981 las Brigadas Rojas secuestraban a James Lee Dozier, militar norteamericano enviado a Verona como alto cargo de la OTAN; tras el “ataque al corazón del Estado”cumplido con la ejecución de Aldo Moro, la ampliación del campo de batalla al frente internacional era el último recurso de la organización terrorista para alzar el tiro y demostrar su fuerza al amplio sector de la izquierda que le había retirado su apoyo tras el magnicidio. Pero lo que se ambicionaba como salto hacia la globalización del conflicto no tardó en revelarse grave error táctico: si el gobierno italiano se veía desbordado en su lucha contra los brigadistas, la entrada soterrada en combate de la CIA llevaría no solo a la inmediata liberación de Dozier, sino a la rápida desarticulación de las últimas células operativas de las BR. Siempre atento al entorno político, Giovanni vio en aquel episodio material idóneo para su regreso a la literatura, territorio que, sumido en una sucesión de complejos proyectos cinematográficos, se había visto obligado a abandonar tras la publicación en 1978 de “El musher”. Buscó para ello la complicidad de Jean Schmitt, especialista en terrorismo del diario “Le Point”, y la mecánica conjunta funcionó con la suficiente fluidez como para que la novela apareciera solo unos meses después del rescate de Dozier y ambos decidieran emprender su traslación a la pantalla intentando dar continuidad al éxito de taquilla de la última cinta de Giovanni, Le Ruffian (1983).
Entre lobos terminó siendo una película muy diferente de la prevista inicialmente porque las debilidades de producción hicieron caer del reparto a la dupla prevista como protagonista, James Coburn y Lee Marvin. Pero Giovanni consiguió mantener su idea original de eliminar cualquier esquirla política a la historia y emplearla como esqueleto sobre el que articular una cinta de acción extrema: apabulla ver cómo, tras dos rodajes tan exigentes como los de Les Égouts du paradis y Le Ruffian, un director que pasaba los sesenta años emprendía otro de intensa exigencia física que incluía helicópteros, escenas submarinas, entrenamiento para las más de cien personas implicadas e incluso un equipo de escalada vertical dirigido por toda una leyenda de la modalidad, Patrick Edlinger.
Aun así, el aparataje no bastó para cumplir un objetivo tan ambicioso. Las escenas de acción tuvieron fuerza, pero no presencia suficiente para evitar tiempos muertos en el metraje, y por momentos la película encontró más parangón en las producciones de la Cannon que en los referentes directos que manejaba Giovanni — valgan tres, entrecruzados: Doce del patíbulo (Robert Aldrich, 1967), El desafío de las águilas (Brian G. Hutton, 1968) y Licencia para matar (Clint Eastwood, 1975)—, no digamos las hiperanabolizadas cintas de acción que Hollywood producía en serie aquellos años. Lo que no significa que Entre lobos quedara abocada al fracaso: cobijado bajo la égida de Sam Fuller, el director consiguió alzar el vuelo de aquel material superando las limitaciones presupuestarias gracias a un dominio indiscutible del lenguaje y una sorprendente capacidad para forzar el rodaje más allá de cualquier límite razonable. El resultado fue una cinta sin referente posible en el cine europeo de aquellos años, muy alejada tanto de la clonación mimética en la que se hallaban perdidas las producciones B italianas como de una producción media francesa del momento que, sumida en una cierta estandarización, había alejado el cine de género de su horizonte.
FELIPE CABRERIZO