Une robe noire pour un tueur (1981) es una de las propuestas más desconcertantes de José Giovanne como director. Una conocida abogada, Florence Nath (Annie Girardot), acoge en su casa a un condenado a muerte que ha escapado de la cárcel, Simon Risler (Claude Brasseur). Un antiguo médico, y ex pareja de la abogada, Alain Rivière (Bruno Cremer), vive en una especie de comuna –al menos así lo parece en su primera aparición– que es en realidad un centro de reinserción para toxicómanos. Un policía, Lucien Lebesque (Jacques Perrin), no se sabe muy bien si actúa en aras de la ley o porque está sexualmente interesado en la abogada. Un planteamiento sorprendente sobre el papel –que no lo es tanto conociendo al Giovanni “anti-sistema”–, pero no así su reparto. A Girardot, Brasseur, Perrin y Cremer –quien acabaría interpretando al padre del propio Giovanni en la obra póstuma de este, Mi padre–, se suman Catherine Allégret, Ariel Dombasle y François-Eric Gendron en papeles relevantes o secundarios. Unas cuantas estrellas y unas cuantas promesas en el cine francés de los primeros ochenta. El peso del reparto no sirvió para enardecer a las plateas de la época, pero Giovanni pudo repetir con Annie Girardot después de Alias el Gitano en un papel que parecía hecho a la medida de la actriz que dos décadas antes había deslumbrado a la Europa cinematográfica con su interpretación en Rocco y sus hermanos.
El film es, por lo tanto, otra historia más en Giovanni de condenado a muerte evadido. Pero no es el único tema. Es importante lo que aún queda de estima entre Florence y Alain, y el cometido social de este, y el día a día de la abogada en los tribunales y los despachos de los magistrados. De nuevo la lealtad, aunque esta vez entre un hombre y una mujer: Alain no duda en ayudar a su ex cuando esta le pide que atienda a Simon y le extraiga la bala de la pierna después de haber recibido un disparo de la policía durante su huida. Florence y Alain viven en sus respectivos mundos, tan aparentemente distantes; tan cercanos cuando se trata de combatir de un modo u otro las taras del sistema. Alain colabora con heroinómanos que creen en él. Florence esconde a un criminal porque está convencida de que es inocente.
Junto a detalles bastante relevantes de la ligereza de aquellos tiempos, como la facilidad con la que Simon consigue un uniforme de gendarme –yendo a una tienda de alquiler de ropa para rodajes cinematográficos y obras de teatro– con el fin de entrar de nuevo en las dependencias policiales, Une robe noire pour un tueur destaca por los modos narrativos del director. Dos ejemplos. Al inicio, los primeros nombres que aparecen en los títulos de crédito son estampados con un tampón rojo sobre documentos oficiales. Estos se intercalan con imágenes de Florence caminando hacia los juzgados rodeada de gente que la increpa. Las imágenes quedan congeladas y pasan a formar parte de la foto en primera plana de un periódico, sobre el que siguen desfilando los créditos de la película. Vuelta al movimiento: Florence y su ayudante cada vez más apremiados. La permanente congelación del plano hace más lenta, tensa y acuciante la marcha de la protagonista, cuando aún no sabemos que es una letrada que defiende a un criminal sentenciado por la opinión pública y podríamos pensar que es ella la acusada.
En el otro ejemplo, un automóvil circula a toda velocidad por una estrecha carretera. Logra sortear primero un tractor detenido en mitad del asfalto, y después a un perro que cruza frente al vehículo. El plano del movimiento brusco que da el coche para evitar al animal está tomado desde al lado del árbol contra el que podría haber chocado; un encuadre que acentúa la sensación de peligro. En la escena siguiente, en las dependencias del juzgado, reciben la noticia de un accidente de coche mortal.
QUIM CASAS