Los primeros veinte minutos, aproximadamente, de A todo riesgo (1960) son un fragmento de cine excepcional. Sin apellidar demasiado, además: no de cine negro francés, o de género noir; excepcionales de cine sin más, en general. En ellos vemos como Abel Davos y su compañero Raymond Naldi asaltan un furgón bancario en Milán y ejecutan un plan de huida hacia la frontera francesa que también implica a Thérèse, la mujer de Abel, y sus dos hijos pequeños. No todo sale según lo esperado, claro, pero, casi sin apenas diálogos, somos testigos del muy físico y poco glamuroso sorteo de un control policial por tierra, del cruce de la frontera por mar, del enfrentamiento a tiros con los aduaneros, de dos bajas inesperadas y de cómo Davos se queda solo con sus dos hijos en la oscuridad. Todo se pone en imágenes de manera detallada, realista y vibrante. Sin zarandajas. No hay música que te diga cómo debes sentirte. No hay un plano de más. Todo es proteína cinematográfica.
El personaje de Abel Davos no es ninguna invención. Era un delincuente habitual que se llamaba Abel Danos, apodado “el Mamut” por su corpulencia. Y José Giovanni no lo conocía de oídas, de leer sobre él en las páginas de sucesos o de haber coincidido un día en una celda. Entre 1941 y 1944, el propio Giovanni (cuando aún se le conocía por su nombre real, Joseph Damiani) formó parte, junto a su hermano Paul y su tío Paul Santos, de la banda de Pigalle en la que Danos era uno de los matones de la Carlingue, la Gestapo francesa. Así que el Abel Davos de A todo riesgo es Danos sin la Carlingue.
Lino Ventura, cuyo rostro siempre parecía un síntoma de padecer una úlcera estomacal, confiere a Davos una cara de perpetuo malhumor y preocupación que no necesita excesivas justificaciones narrativas (si A todo riesgo fuera una serie actual, me temo que nos contarían todo su pasado en flashbacks). En su corpulencia cansada, en su mirada herida, deducimos que el mundo no le ha dado ni le dará ninguna alegría. Y en el tono de su voz y su elección económica de palabras (en los diálogos demuestra Giovanni porqué nadie ha hecho hablar al hampa francesa mejor que él) se aprecia el código de honor de alguien dispuesto a matar y a morir por lealtad.
Y de la fidelidad trata, precisamente, gran parte de la obra de Giovanni, de “La evasión” a “El último suspiro”: una escala de valores interna entre criminales que sustituye, casi como una religión o un mandato superior, al mundo real de las leyes y las familias. Por eso, el auténtico conflicto de A todo riesgo se tensa cuando Davos necesita la ayuda de algunos de sus antiguos compañeros delincuentes y no todos acuden prestos a la llamada. Riton y Fargier, antiguos socios de Davos, llevan ahora una vida cómoda y no quieren arriesgarla: mandan en su lugar a un desconocido, Éric Stark (Jean-Paul Belmondo en el mismo año que Al final de la escapada de Jean-Luc Godard), que va sin dudarlo. La película no comenta esa diferencia de actitud, ni siquiera la subraya. Tanto Giovanni como Sautet confían en que el espectador la detecte y saque sus propias conclusiones. Ese es el estilo de escritura 100 % Giovanni: prefiere observar y mostrar a no juzgar y explicar.
A todo riesgo pasó de puntillas por la cartelera y las páginas de reseñas de las revistas especializadas en su momento, eclipsada acaso por el ruido de la Nouvelle Vague. Tan solo Bertrand Tavernier señaló su excelencia e insistió a lo largo de los años en que se trataba de uno de los grandes títulos del cine criminal francés.
JOAN PONS