Tema del traidor y del héroe es un cuento laberíntico escrito por Jorge Luis Borges de cuya lectura se desprende una reflexión sobre los mecanismos de la verdad, la coincidencia y la representación. Algo hay de ello en Mon ami le traître (1988), una de las muchas películas de Giovanni en la que el recuerdo biográfico se mezcla con la ficción para hablar de las contradicciones inherentes en la personalidad humana. ¿Quién es Georges Gualtieri? ¿Un marsellés que colaboró con los alemanes, por lo tanto un traidor a la causa francesa? ¿O alguien que, con sus actos en los últimos días de la contienda, ayuda a encontrar y desenmascarar a muchos franceses que asesinaron en nombre del nazismo? De todo hay un poco en la compleja personalidad de este joven e impulsivo personaje en el que Giovanni podría reconocerse, del mismo modo que pueden detectarse ecos del volátil protagonista de Lacombe Lucien (1974), de Louis Malle. El director deja las cosas claras desde el primer momento: Georges es altivo, engreído, chulesco, poco o nada empático para el espectador. No es una película sobre el embellecimiento del traidor ni una oda superflua al heroísmo.Giovanni no lo justifica, como tampoco se justifica a sí mismo. De poco le servirá a Georges haber sido una cosa y después la otra, pues es el sistema, tanto el alemán como el francés, quien marcan el destino. Solo tiene una cosa clara: no se considera un traidor porque para él Francia es un centro de detención. Tema espinoso. Y considera que la sociedad es una mierda porque todo el mundo se reía de su hermano, el jorobado François. Este si colaboró con los nazis por placer –hay una escena tremenda en este sentido– y disfrutaba viendo sufrir a otras personas. “La alegría del discapacitado”, comenta el protagonista. Cada acto y palabra están llenos de aristas.
Giovanni partía de una novela suya que adaptó, en formato drama de posguerra + relato de espionaje + cine de juicios, con la ayuda de su buen amigo Claude Sautet. El trabajo del director de Las cosas de la vida es fundamental en el trazo de Georges y de los otros dos personajes principales del relato, su novia Louise y el oficial del servicio de inteligencia francés para quien acabará trabajando. Ninguno es de una pieza. Están dibujados a partir de la gama de grises. El punto de vista narrativo le corresponde a ella, encarnada por Valérie Kaprisky cuatro años después de haber sido la volcánica mujer pública de Zulawski. Su voz marca el tono desde el inicio: “En aquella época era difícil ser joven, pero no eliges cuando vives tu juventud. Simplemente, las cosas suceden”. Sus fuertes convicciones finales le dan sentido al relato: “No podemos vivir sin piedad” es su última frase. No hay vida plena sin piedad se titula el libro de Felipe Cabrerizo sobre Giovanni. De eso habla también Mon ami le traître, de la piedad después de la contienda para cerrar el reciente pasado, por cruel y doloroso que sea, y empezar a pensar en el presente.
El tercer personaje en discordia es el oficial Adrien Rove (André Dussollier). Del mismo modo que Georges aceptó colaborar con la policía alemana para salir de la cárcel, Rove, a regañadientes, acepta que ahora el joven colaboré con él para redimirse y limpiar su pasado, aunque la sociedad no perdona. Rove es un personaje muy interesante. Tiene algo de peckinpaniano. Cuando un miembro detenido de la Gestapo francesa le dice que Georges es como él, Rove le grita: “¡No! Él tiene remordimientos” (parece William Holden justificando a Robert Ryan, su amigo traidor, en Grupo salvaje). Otro punto de interés reside en la curiosa relación que se establece entre Rove, Louise y Georges en las escasas escenas distendidas del film.
Mon ami letraître explica muy bien el París de ese momento convulso, cuando una red de civiles alemanes camuflados en la ciudad tras la liberación amenazaban con volar el metro parisino en hora punta y bajo el Sena. Comienza de manera muy propia de Giovanni. Los títulos de crédito son con fotografías de la liberación de París y música festiva. Entre las imágenes estáticas y en blanco y negro del alborozo popular, aparece intercalada la foto de una colaboracionista con la cabeza rapada y un cartel en el que puede leerse que su esposo ha sido fusilado.
QUIM CASAS