La obra de Giovanni está hecha de un realismo personal, suyo, en el que cualidades como la lealtad, el honor, la compasión y el perdón conforman esa suerte de mitología masculina urbana, rigurosa y sentimental, que hace del polar cuestión específica. El origen de esos rasgos dominantes debemos buscarlo en la biografía del autor, en los peliagudos episodios de su pasado como colaboracionista, maleante y enredador.
En 1947, José Giovanni, por entonces encarcelado en la Santé de París como cómplice de un triple asesinato, se involucró en un intento de fuga que diez años después narró en “Le Trou”, novela que dio lugar a la película de Jacques Becker, clásico del cine de evasiones, y le lanzó al estrellato de la literatura y el cine. Años más tarde, como director, volvería allí a rodar Dos hombres en la ciudad (1973), donde abordaba el tema de la reinserción y sobre todo la pena de muerte, la inminencia de la nada, el miedo atroz. Según contaba él mismo, el alcaide aprovechó aquella ocasión para pedirle una dedicatoria en ese libro que había cambiado su destino.
Mucho tiempo después, en lo que parece el ocaso de una carrera exitosa, Giovanni escribe “Il avait dans le coeur des jardins introuvables”(1995), novela en la que refiere y retrata a su padre, corso jugador de póker y buscavidas afortunado un tiempo, antes de que la suerte le diera la espalda. Fue su amigo Bertrand Tavernier quien supo señalarle a Giovanni, esos años ocupado en telefilmes poco significativos, dónde radicaba la miga cinematográfica de ese nuevo libro.
Producida por Alain Sarde y protagonizada por un competente Bruno Cremer (por entonces Maigret televisivo), Mi padre (2001) se centra en la travesía en el desierto de un hombre buscando clemencia, un padre cuatro años apostado en el bar de enfrente de la prisión, lo más cerca posible de su hijo sentenciado a la guillotina.
Si bien espolvoreada de pormenores sobre la vida carcelaria, la película está ya lejos del lienzo de tipos y pautas marginales que distingue la obra de un Giovanni aquí rendido al drama. En su entendimiento espartano de las relaciones filiales, del afecto asimilado como algo mecánico y ajeno a las palabras, el autor casi octogenario se admite incapaz de hacer nada con el sentimiento que le merodea y trabaja entonces en el de su progenitor: dibuja, detalla y comprende el amor y la pasión de su padre. Lamenta los enfrentamientos que mantuvieron, el padecimiento que le infligió y la vergüenza monstruosa que supuso para ambos la acusación de “indignidad nacional”, delito político que señalaba sus relaciones con la ocupación alemana en tiempos de guerra. Podría decirse que Mi padre no contiene tantos aspectos confesionales como de catarsis, la de un Giovanni que se proyecta y trata de hacerle a su viejo un mausoleo rompiendo piedras con las manos.
Lastrada de realidad y sujeta a sus azares (el póker al que juegan los hombres y las cartas que se echan las mujeres para verse el porvenir), la última película de Giovanni es una especie de calvario diferido que adolece de enumeración, un relato compendioso, exento de todo espectáculo y algo irrespirable, donde el beneficio transformador de la ficción no aplica. Se diría que ese ánimo estático debería de casar bien con su naturaleza de espera (la del indulto), y sin embargo sume la película en cierta fatiga póstuma, de elegía, en un llegar tarde y en esa noción de lo irreparable que traslucen algunas películas.
RUBÉN LARDÍN