Culinary Zinema vuelve a tender un puente entre dos lenguajes que comparten mucho más de lo que parece: el cine y la gastronomía. Organizada conjuntamente con Basque Culinary Center, la sección reúne películas y actividades que exploran la alimentación desde perspectivas tan diversas como la cultura, la educación, la ciencia o la agricultura.
Este año, el jurado reúne tres miradas muy distintas y, a juzgar por sus propias palabras, bien avenidas. Lo forman la directora, guionista y productora Isabel Coixet, como presidenta; la periodista gastronómica Cristina Jolonch; y Xabier Gutiérrez, cocinero, escritor y durante años responsable del departamento de innovación de Arzak. La compenetración surgió desde el primer pase.
Esa sintonía también se ha trasladado a la deliberación. “Lo que hemos elegido es lo que más se aproxima a esa unión entre cine y gastronomía que busca el Zinemaldia”, apunta Gutiérrez.
Coixet reconoce que compartir esta experiencia con sus compañeros le ha servido también como aprendizaje. “He aprendido mucho con estos señores, que saben mucho más que yo del mundo de los restaurantes”, dice. Y, entre las conversaciones del jurado, ya ha encontrado material para futuros proyectos: “He tomado muchas notas para un futuro guion, porque aquí hay temazo”.
La directora señala además una de las grandes posibilidades de la sección: “La gastronomía es algo tan rico y su relación con el cine puede jibarizarla o engrandecerla”. Una relación, considera, que todavía tiene mucho margen para crecer y resultar “más rica y estimulante”.
Para Cristina Jolonch, el cine gastronómico permite también leer entre líneas. Su experiencia como periodista especializada le lleva a reconocer las historias que se esconden detrás de determinados documentales y propuestas de no ficción. “Conoces las historias que hay detrás”, explica. Haber vivido de cerca la evolución de la gastronomía española permite identificar aquello que una película cuenta, pero también aquello que deja fuera. Al fin y al cabo, añade, “esa es la parte de contar relatos que a los periodistas nos interesa y nos atrae”.
Jolonch, acostumbrada durante años a ejercer de jurado en concursos gastronómicos y vinculada a The World’s 50 Best Restaurants, conoce también la tensión que genera ser evaluada. En el cine encuentra, sin embargo, una competición que considera parte saludable de la experiencia festivalera.
Su relación con la gastronomía, por otra parte, comenzó casi por casualidad. “Me gustaba mucho comer”, cuenta. Tras años dedicada a reportajes de todo tipo en “La Vanguardia”, acabó entrando en el mundo gastronómico casi sin proponérselo. La clave estuvo en entender que la gastronomía no es un compartimento estanco: “Puede ser absolutamente transversal. Es cultura, economía, antropología y también una forma de entender lo social”.
Esa mirada amplia coincide con la trayectoria de Gutiérrez, que desde 2010 está vinculado al GOe y a los másteres de innovación del Basque Culinary Center. Más que enseñar, dice, disfruta trabajando con gente joven porque se acerca a “la zona más bonita de la innovación, que es la niñez”: la capacidad de descubrir todavía cosas nuevas.
Y si hay un consejo que el jurado se lleva de esta edición, tiene que ver precisamente con la necesidad de ir más allá de las imágenes bonitas. Coixet lo formula con claridad: “Las películas tienen que tener un conflicto”. No necesariamente un conflicto dramático extremo, sino “una inflexión, algo, un edge, un punto de vista que no sea siempre el panegírico”.
MARÍA ARANDA OLIVARES