Se cumple este año el centenario del nacimiento de uno de los nombres imprescindibles de la historia del cine europeo, el cineasta polaco Andrzej Wajda. Para homenajear su legado cinematográfico, la sección Klasikoak recupera su película Los brujos inocentes (1960) en una restauración 4K llevada a cabo por Di Factory con el apoyo del Instituto Polaco de Cine. El film regresa así al Festival de San Sebastián, ya que en 1961 participó en las II Jornadas Internacionales de Escuelas de Cinematografía.
Cuando afrontó el rodaje de Los brujos inocentes, Wajda ya se había ganado su reputación gracias a películas como Generación (1954), Kanal (1955) y, sobre todo, Cenizas y diamantes (1958), uno de los títulos emblemáticos del cine polaco. Pero si aquellas eran películas que recreaban el pasado reciente de la Segunda Guerra Mundial, Los brujos inocentes es, por el contrario, un film que mira al presente con un ojo puesto en el futuro. Es una película generacional en la que Wajda ejerce de padrino de una serie de talentos más jóvenes que muy pronto se convertirían en nombres de referencia del panorama cinematográfico internacional: el guion lo firma un joven de veintidós años, Jerzy Skolimowski, quien también tiene una breve intervención como actor, pocos años antes de debutar como un brillante director; en un pequeño papel podemos a ver a otro futuro famoso cineasta, Roman Polanski; la banda sonora está firmada por Krzysztof Komeda, toda una leyenda del jazz que también aparece como actor en el film, antes de convertirse en el autor de la música de célebres filmes de Polanski como El baile de los vampiros o La semilla del diablo. Buena parte de la bulliciosa y desenfadada energía que transmite la película proviene de esa feliz reunión de amigos en plena efervescencia creativa. De hecho, el personaje principal interpretado por Tadeusz Lomnicki (otra institución del cine polaco) está inspirado en el propio Komeda, quien, como su trasunto en la ficción, era médico por el día y músico de jazz por la noche.
La película toma prestado su intrigante título de una clásica obra literaria: “La víspera de los antepasados”, del poeta romántico Adam Mickiewicz. En ella la expresión “brujos inocentes” alude a un grupo de jóvenes que aspira a transformar la realidad. En cierta forma, son equivalentes a los protagonistas del film de Wajda, ya que éstos tratan de escapar del entorno que les rodea (estamos en la Polonia comunista) a través de la música, el juego, la seducción y la molicie. Lejos de cualquier programa ideológico o reflexión política, este film, rodado al otro lado del Telón de Acero en plena Guerra Fría, está más cerca de las películas que hacían en esos años los cineastas del Free Cinema en Reino Unido o los revolucionarios directores de la Nouvelle Vague francesa.
Aunque Wajda pertenecía a una generación anterior a la de sus colaboradores, supo adaptarse a su entusiasmo y vitalidad, se dejó contagiar por ellos. El sentimiento de libertad que transmite el film no solo se manifiesta en los actos lúdicos a que se entregan sus personajes, sino en la propia carencia de ataduras narrativas de que hace gala: desde la música que la empapa de manera desafiante (en una época en que el jazz era visto con recelo por las autoridades comunistas) hasta su ritmo despreocupado y ocioso, que coquetea con la banalidad de lo cotidiano y revindica un sentido del tiempo sin control ni rumbo. Es así como puede permitirse escenas como la del juego con una caja de cerillas, un recorrido en motocicleta por las calles de Varsovia que roza el testimonio documental o la minuciosa descripción de una lánguida noche de flirteo en la que un cínico seductor encuentra su némesis.
ROBERTO CUETO