En su última novela de la serie protagonizada por el detective Charlie Parker, Hijos de Eva, John Connolly hace referencia al film Mi vida es mi vida (1970). Cuando alguien le pregunta si es habitual que un hombre abandone el lugar que comparte con una mujer sin recuperar sus pertenencias, Parker recuerda esta película, a “Jack Nicholson que deja a Karen Black tomando un café mientras él va al lavabo de una gasolinera para subirse luego solo al primer camión que sale de allí”. En la última imagen vemos, en plano general, el camión con Nicholson que se aleja por la derecha y el coche en el que espera Black aparcado en el centro del encuadre. Presentaba aquí el actor una de las facetas más interesantes en este tramo de su carrera: la de los personajes desorientados. También estarían turbados y confundidos el miembro de la armada de El último deber (1973), el detective J.J. Gittes de Chinatown (1974) –a quien un hampón interpretado por el propio director, Roman Polanski, dejaba media película con un enorme tajo en la nariz– y el escéptico periodista de El reportero (1975).
Mi vida es mi vida es una película capital en la filmografía de Nicholson y en la de su director, Bob Rafelson. Fue su segunda colaboración después de Head (1968), comedia disparatada y fantástica protagonizada por el grupo pop The Monkees en la que intervinieron Nicholson, Dennis Hopper y Frank Zappa, entre otros disidentes de la época; Nicholson, además, firmó el guion. Rafelson se convirtió en su cómplice predilecto y harían juntos The King of Marvin Gardens (1972) –compartiendo protagonismo con otros dos pesos pesados en la sombra del instaurado Nuevo Hollywood, Bruce Dern y Ellen Burnstyn–, El cartero siempre llama dos veces (1981) –cuando Nicholson ya era una estrella–, Ella nunca se niega (1992) y Sangre y vino (1996), que compitió en San Sebastián y le reportó a Michael Caine la Concha de Plata al mejor actor.
Cuando se habla del relevo en el star system masculino que propició el Nuevo Hollywood, se citan los nombres de actores progresistas y cool como Warren Beatty, Steve McQueen y Robert Redford, y de otros con un atractivo distinto que podían ser más cercanos al espectador, caso de Gene Hackman y Dustin Hoffman. Se habla menos de Nicholson en este papel restaurador de un modelo de actor distinto al forjado en el Hollywood clásico, quizá porque tenía más tics y tendencia al histrionismo fruto, también, de los personajes que aceptaba interpretar. El de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975) es un ejemplo ineludible.
Pero Nicholson fue el actor –además de guionista y ocasional director con al menos dos películas notables, el drama Drive He Said (1971) y el wéstern Camino del sur (1978), además de Los dos Jakes (1990), secuela tardía de Chinatown (1974)– que encarna mejor que ningún otro los distintos procesos que llevaran al nuevo rumbo del cine estadounidense de los setenta. Tampoco Rafelson tiene el pedigrí como director de los Penn, Peckinpah, Altman, Nichols y el pack conformado por Coppola, Scorsese, Schrader, Lucas, Spielberg, De Palma y Milus (más Bogdanovich) que solidificaron el cambio. Pero tanto él como Milos Forman, con Juventud sin esperanza (1971) y el Alguien voló sobre el nido del cuco que aquí nos ocupa, fueron también importantes arquitectos de aquella transformación
Rafelson y Bert Schneider fundaron Raybert Productions, que se convertiría después en B.B.S., compañía fundamental en el cine independiente de entre décadas. Además de Head, Mi vida es mi vida, The King of Marvin Gardens y Drive He Said, todas con Nicholson, y La última película (1971), de Bogdanovich, produjeron la película indie más relevante –por ganancias, repercusión mediática y temario hippy– de aquel tiempo, Easy Rider (1969), el film de Dennis Hopper en el que Nicholson tiene un papel destacado en su aparición delirante y contracultural con los dos motoristas protagonistas, hasta que es víctima de la ira más reaccionaria de la sociedad estadounidense y su permanente miedo a todo aquello que es diferente.
No es su “gran” papel, pero es una de sus interpretaciones más completas. Antes, en los márgenes de la serie B de Roger Corman, había destacado en El terror (1963), gótico barato; The Trip (1967), un guion sobre el LSD escrito por Nicholson e interpretado por sus “amigos” Peter Fonda, Hopper y Dern; y los dos wésterns existencialistas de Monte Hellman, El tiroteo y A través del huracán, ambos de 1966, el segundo también con guion de Nicholson. Tras el torbellino que supuso Easy Rider llegarían en la firme trayectoria del actor Conocimiento carnal (1971) de Mike Nichols; El último deber de Hal Ashby; Chinatown, la mejor relectura del cine negro clásico en plena moda retro; Dos pillos y una herencia (1975), compartiendo protagonismo con Warren Beatty, con quien repetiría en Rojos (1981); El reportero (1975) de Michelangelo Antonioni; Alguien voló sobre el nido del cuco, donde materializó un personaje difícil, escindido entre la cordura y la locura, que le reportó el primero de sus tres Oscar en doce nominaciones; Missouri (1976) de Penn, mano a mano con un rebelde de la generación anterior, Marlon Brando; y El resplandor (1980), de Kubrick, para concluir, hacha en mano y rictus demente, la década dorada del Nuevo Hollywood y de su singular carrera actoral, atrevida y muy definitoria de aquella época de reajustes culturales y mutaciones industriales.
QUIM CASAS