Herzog viaja, descubre nuevas culturas, filma películas de ficción que parecen documentales y documentales que podrían ser filmes de ficción. No le gusta la distinción entre géneros, lo asegura él mismo al final de este texto. Sube con dos operadores por la ladera que rodea un volcán a punto de entrar en erupción. Registra la locura, el arrebato y la megalomanía igual que captura con la cámara la pausa, la espera paciente de unos vulcanólogos, el quehacer de los pastores del sur del Sahara que creen ser las personas más hermosas del mundo o el rastro procedente del espacio exterior de meteoritos, cometas y estrellas fugaces.
Herzog escribe libros que parecen diarios (de un rodaje, de una larga marcha a pie) pero que en el fondo no lo son, como la mayoría de sus películas no son exactamente lo que parecen. Hace ascender un gran barco por una montaña tirado por decenas de extras agotados. Sube a un globo aerostático desde el que filma al microscopio la vida en las copas de los árboles. Reconstruye la experiencia de un experto en osos que fue devorado por los mismos animales a través de las imágenes que éste rodó, y aunque es un documental auspiciado por el National Geographic, se asemeja a las películas “de ficción” que el director hizo con Klaus Kinski, su enemigo íntimo, en torno a conquistadores españoles en América, amantes de la música que quieren construir un teatro de la Ópera en plena selva, bandidos brasileños convertidos en comerciantes de esclavos y vampiros de la noche que surgen de un fascinante sueño en el que el ocaso del nuevo cine alemán se funde con el expresionismo de Murnau.
La verdad de las imágenes
Herzog utiliza imágenes de la NASA y filmaciones submarinas en la Antártida, de una belleza ocre y geológica, para, en un elogio de la apropiación de material ajeno, concebir una falsa película de ciencia ficción con el añadido de un extraterrestre encarnado por Brad Dourif, del mismo modo que crea una sinfonía fantástica rodando la devastación provocada por los pozos de petróleo en llamas de Kuwait. Lo que representan las imágenes y la verdad de esas imágenes. Realiza seminarios, un taller de cine en la selva amazónica –que fue suspendido a causa del COVID y se desplazó tiempo después a Lanzarote– y tiene una escuela itinerante, la Rogue Film School. Protagoniza (y produce y coescribe) un falso documental sobre la criatura del Lago Ness al que se le ven las costuras cómicas y, aun así, sigue indagando en la idiosincrasia del fake.
Herzog llegaría a hipnotizar a sus actores para que parecieran figuras frágiles en duermevela en un film que trataba también sobre la magnética fabricación del vidrio. Ha escrito textos sobre la verdad, la ficción, las noticias falsas, la representación y la realidad extática. Y filmado ceremonias en el Tibet, los rituales de los cazadores en la Taiga siberiana, el fanatismo de los telepredicadores, la búsqueda del elefante más antiguo del mundo, la soledad de un campeón de saltos de esquí presentado como un escultor de madera, el día a día de los trabajadores de una estación antártica, los entresijos de internet o los concursos ganaderos de Pensilvania en los que los subastadores de las reses compiten para ver quien habla más rápido. Ha debatido largo y tendido con Mikhail Gorbachev en una entrevista filmada y explorado la neuro-tecnología.
Herzog ha realizado películas en su Baviera natal, en la isla de Creta, en la de Lanzarote –donde nos explicó porque los enanos también empezaron pequeños en una de sus más furibundas parábolas–, en la de Guadalupe –donde estuvo a punto de alcanzar la cima del volcán La Soufrière sabiendo que en cualquier momento podía entrar en erupción–, en Burkina Faso, Kenia, Algeria, en el Perú donde Kinski de Aguirre buscó su particular Eldorado –con las bellísimas imágenes iniciales del Machu Pichu, entre el cielo y la tierra, entre la bruma y el verdor salvaje, acompañadas de la hipnótica música de Popol Vuh–, en diversas ciudades estadounidenses, en el Brasil amazónico, Australia, la frontera entre Honduras y Nicaragua, las cimas nevadas más altas de Pakistán y el Cerro Torre de la Patagonia, el desierto del Sahara, Kuwait, México, Rusia, los lugares donde vivió el fundador del budismo, la selva de la Guayana, Alaska, Antártica, la cueva francesa de Chauvet –una galería milenaria de arte natural que el director filmó en 3D–, en una cárcel de máxima seguridad de Texas, en Marruecos, Etiopia, Islandia, Corea del Norte, Tokio, Angola e Irlanda. Y algún país, algún pueblecito, alguna ciudad, nos habremos dejado en el tintero. Lo de ciudadano del mundo es un cliché, pero nadie cumpliría mejor con la definición que el director de Signos de vida, Fata Morgana, Aguirre, la cólera de Dios, El enigma de Kaspar Hauser –o Cada uno por su lado y Dios contra todos en su título original, el mismo que ostenta, significativamente, la autobiografía del director–, Corazón de cristal, Stroszek, La Soufrière, Fitzcarraldo, Lecciones en la oscuridad, El diamante blanco, Grizzly Man, The Wild Blue Yonder, Encuentros en el fin del mundo, Teniente corrupto, La cueva de los sueños olvidados, Dentro del volcán, Family Romance, LLC , Ghost Elephants o la última por el momento, Bucking Fastard.
Herzog no ha rehuido el contacto con las estrellas internacionales en algunas de sus películas tras sobrevivir a la experiencia Kinski (Donald Sutherland, Tim Roth, Christian Bale, Nicolas Cage, Val Kilmer, Eva Mendes, Nicole Kidman, Robert Pattinson, James Franco, Willem Dafoe, Michael Shannon, Gael García Bernal, las hermanas Mara) y él mismo ha sido “estrella” como el villano de Jack Reacher –frente a frente con Tom Cruise– y el de The Mandalorian, sus divertidas concesiones al gran espectáculo hollywoodiense. Aunque más coherentes son sus apariciones como actor en filmes de Harmony Korine. Y su voz, claro, su inglés con marcado acento alemán cuando narra los documentales; otro signo distintivo.
La vida y el trabajo
Herzog cree más en las matemáticas y en las probabilidades que en el destino, aseguró cuando le preguntaron qué pensaba de haber escapado varias veces de una muerte segura. Herzog también ha dirigido la
puesta en escena de varias óperas. Pero… “De vez en cuando me llegan propuestas para dirigir una ópera. Pero hacerlo es salir de mi profesión de cineasta. Que, de todos modos, no es una profesión. Mi hermano Lucki tiene una profesión. Una verdadera profesión: productor. Cineasta no es una profesión. No sé lo que es. La vida y el trabajo no están realmente diferenciados”.
Herzog y el documental y la ficción, distinción que no le gusta: “Todos mis documentales son estilizados. En aras de una verdad más profunda, una verdad extática –el éxtasis de la verdad–, contienen partes in- ventadas. Por eso a veces digo que se trata de ficciones encubiertas”. En su llamada “Declaración de Minnesota. La verdad y los hechos en el cine documental”, escrita en 1999 para un centro artístico de Minneapolis, asegura que los hechos crean normas, mientras que la verdad ilumina, y que el turismo es un pecado y viajar a pie, una virtud.
Por Quim Casas.