El estadounidense Paul Thomas Anderson es sin duda uno de los mejores cineastas en activo. Son muchas las razones que justifican esa afirmación: la cinefilia que hay en sus películas –en las que coinciden John Ford, Martin Scorsese, Stanley Kubrick y Robert Altman–, su conocimiento exhaustivo de los géneros (y el disfrute con el que los deconstruye y, si es necesario, destruye), su manera de combinar las esencias del cine (el clasicismo en la dirección, la puesta en escena, la concepción de espacios y personajes) y el experimento, o la virtud de dar a sus películas algo en peligro de extinción. Se trata de la impresión de película grande, importante, que merece ser vista en el cine y conversada largo y tendido a la salida. Una batalla tras otra (2025), su último trabajo hasta la fecha, vuelve a poner de manifiesto todas esas cosas y ha recibido este año el Gran Premio FIPRESCI a la mejor película, reconocimiento que conceden los miembros de la Federación Internacional de Críticos de Cine. No es la primera vez que un film de Paul Thomas Anderson recibe este premio. También fueron galardonados con el FIPRESCI sus anteriores Magnolia (1999), Pozos de ambición (2007) y El hilo invisible (2017).
En Una batalla tras otra, Paul Thomas Anderson se inspira con libertad en “Vineland”, novela de Thomas Pynchon, un autor dificilísimo de adaptar que Anderson ya se ha atrevido a llevar al cine en dos ocasiones: en la que nos ocupa y en Puro vicio (2014). No es Una batalla tras otra una película tan abstracta y escurridiza como su anterior adaptación de Pynchon, pero, aunque se sigue sin dificultad y es una experiencia rotundamente gozosa, está tocada por la imprevisibilidad y la sorpresa. Su protagonista es Bob Ferguson, un antiguo miembro de los French 75, grupo revolucionario clandestino de extrema izquierda que en el pasado combatía con virulencia al Gobierno. Dieciséis años después, el protagonista, encarnado magistralmente por Leonardo DiCaprio, vive retirado, medio escondido y en un absoluto estado de paranoia. Su única preocupación es proteger a su hija adolescente, Willa (Chase Infiniti), misión doméstica que se le complica cuando su pasado amenaza con salir a flote. A partir de ahí, de ese reencuentro del protagonista con los hechos y con las personas de las que lleva años protegiéndose y a las que ha intentado (sin suerte) olvidar, Paul Thomas Anderson firma una película que funciona como una radiografía de los Estados Unidos en la actualidad.
Una batalla tras otra habla de autoritarismos, de polarización política, de posiciones radicales, de paranoia y miedo. Lo hace de forma contundente y afilada, pero también de una manera lo bastante compleja y ambigua como para no resultar ingenua en sus planteamientos y conclusiones. El recurso que, sin duda, mejor maneja para armar esa analogía con el presente es el humor. Una batalla tras otra es una película esencialmente divertidísima, una sátira magistral escrita con una precisión inaudita. Pero, aunque se impone a lo demás a través del texto, la interpretación de los actores (especialmente DiCaprio y Benicio Del Toro) y una concepción prodigiosa de escenas de comedia, el humor es sólo una de las cartas que Paul Thomas Anderson baraja en su propuesta. También hay otras, como una forma brillante de trabajar las escenas de acción (el inicio, prodigioso), llevar a los actores a registros desconocidos, ampliar el imaginario de las películas de carretera y cuestionarse lo que entendemos por épica en el cine.
DESIRÉE DE FEZ