Cuando a finales de 1957 José Giovanni salió del despacho de Albert Camus, director editorial de Gallimard, con un contrato por su primer borrador bajo el brazo, el escritor Roger Nimier le dio un consejo cara a la revisión del texto: “Ha pensado usted que filosofar es importante. En su lugar, yo suprimiría esas páginas. Su escritura es de acción. Deje filosofar a quienes no tienen nada que contar”. Recomendación que sirve como milimétrica definición de estilo de una summa que abarcará otras veintiuna novelas y dos libros de memorias.
Giovanni sumó a su condición de clásico de la literatura negra rango en el polar cuando el cineasta Jacques Becker intuyera en aquel hombre silencioso y taciturno un aliado perfecto para llevar a la pantalla La evasión. Llegado al cine en funciones de guionista, cumplió un sólido aprendizaje tanto en el policiaco de inspiración B como en trabajos para referentes del cine francés: Melville, Verneuil, Deray, Sautet. En todos ellos desbordó la función que le reconocían las cartelas y su implicación en labores de localización, elección de repartos y planificación no tardó en situarlo frente al reto de asumir la responsabilidad última de sus películas. La deslumbrante precisión de su trabajo en Ronda de crímenes y la dimensión de fenómeno popular que alcanzaría Los rufianes le impulsarán a dar el paso a finales de la década de los 60.
Lejos de convertirse en un cineasta plegado a convencionalismos, nunca dejó Giovanni de buscar nuevas vías en una filmografía marcada por historias oscuras y personajes esquivos, atentos a códigos de honor que los sitúan fuera del tiempo que les ha tocado vivir. Tuvo para ello la complicidad de la aristocracia del cine europeo: Jean-Paul Belmondo, Alain Delon, Jean Gabin, Claudia Cardinale y principalmente un actor con el que compartiría una amistad que se extenderá toda una vida, Lino Ventura. Así fue hasta 1979, cuando tras recrear el espectacular robo en la cámara de seguridad de la Société Generale de Niza en Les Égouts du paradis entendió que Francia había entrado en una dinámica en la que tenía difícil encaje y decidió replegarse en la literatura, espaciando unas películas que comenzaron a bascular entre el referente obsesivo de Sam Fuller y unas ficciones con las que parecía exorcizar los muchos recodos que escondían sus años su juventud.
Porque la Ocupación había convertido Francia en un territorio confuso que Giovanni cruzó de la mano de su hermano y su tío, miembros ambos de la mafia marsellesa. Y los episodios que jalonaron esta etapa que parangonó con un western fueron tan caóticos como lo fueron lospropios tiempos. En ellos se confunden la delincuencia organizada, la Resistencia y el pillaje, incluso un oscuro episodio de extorsión a antiguos colaboracionistas que se saldaría con tres muertos. Todo parece indicar que sin autoría directa de Giovanni, lo que permitió un indulto presidencial que llegó con la guillotina ya instalada en el corredor de la muerte. Había pasado un año en él; aún conocería otros diez en prisión.
De este periplo nutrió Giovanni el cuerpo central de su obra. En un primer momento con episodios vividos o escuchados con los que completó un mosaico del milieu delincuencial del país; en un segundo, con la reflexión sobre la dimensión más íntima de sus actos: la libertad, la responsabilidad, la culpa, la redención, fueron centro de su obra, como lo fue la guillotina, impronta constante en sus películas que daría en un estremecedor alegato contra la pena capital, Dos hombres en la ciudad, pieza mayor de su filmografía y parte fundamental del proceso de auto-redención de una vida que le había deparado mucho más de lo que
un antiguo presidiario parecía poder esperar de ella.
FELIPE CABRERIZO