Como ya ocurriera con su anterior largometraje, Caza sin cuartel, Giovanni se basó en una novela anglosajona (de Joseph Harrington) para su tercer film como director, Último domicilio conocido (1970), un trabajo de depuración extrema en cuanto a la trama, la definición de personajes y la narrativa. Sin ser para nada Robert Bresson, Giovanni fue aquí más bressoniano que nadie.
Veamos por ejemplo la economía de medios para presentar a uno de los dos protagonistas, el encallecido inspector Marceau Leonetti (Lino Ventura), en las tres o cuatro primeras secuencias. Abate con su pistola, de forma inflexible, a un joven ataviado de blanco que disparaba contra la gente en plena calle. Realiza después una redada. En los dos casos viste con un polo negro abotonado hasta el cuello, un pequeño sombrero de fieltro y una americana marrón. Plano breve recibiendo una condecoración, ahora con traje y corbata. Sigue la detención de un joven que conducía borracho, hijo de un eminente abogado. Después, en unos billares, Leonetti golpea a un individuo, lo cachea y extrae de su chaqueta una granada. Una presentación esencialista. Solo nos falta saber que Leonetti perdió a su esposa e hija en un accidente de coche, pero eso se dirá una vez y punto.
El caso del hijo pijo del abogado rico le estalla en la cara. Leonetti es desposeído de sus señas de identidad. Acusado de violencia policial, debe abandonar la brigada criminal. Sigue siendo inspector, aunque sin
revólver, y entra inicialmente en el departamento de asuntos particulares para descontención de trabajo, todo un eufemismo para un policía veterano y callejero como él. Giovanni, como hicieron Clint Eastwood y Don Siegel de manera más abrupta, nunca justifica a su personaje, pero tira con bala –aunque Ventura ya no pueda hacerlo– contra el sistema.
Giovanni instala a su cada vez más descreído personaje en una nueva dimensión que acata por ese mismo agotamiento. Y, contra todo pronóstico para los cánones del policiaco europeo o estadounidense, le pone, en 1970, una compañera femenina. Jeanne Dumas está encarnada por Marlène Jobert, futura madre de la actriz Eva Green. Pelo corto, mirada dulce e intensa, proactiva y nunca reactiva: una nueva feminidad en el seno de un género casi siempre masculinizado en el que las mujeres eran parejas dolientes o femme fatale.
Trabajan en la denominada brigada de buenas costumbres: detener a mirones y maniacos sexuales en los cines. Aquí parece evidente la influencia de las escenas de redadas con pantallas partidas de El estrangulador de Boston, realizada por Richard Fleischer dos años antes. Pero Giovanni sabe que por ahí el relato se agota. Y Leonetti & Dumas –una clara y lúcida inflexión de las buddy movies– pasan a buscar al testigo de un crimen que lleva cinco años desaparecido. Lo único que tienen valida el título del film: su último domicilio conocido.
En los exteriores, como ya ocurría con otros polar de los sesenta con guion de Giovanni, la gente mira sorprendida a la cámara. El director pulsa el acento documental del género, la realidad capturada al instante. Es una película seca y naturalista. Solo se permite alguna leve fuga entre los personajes. No hay, no puede haberla, atracción sexual o enamoramiento romántico. Leonetti es más paternal que otra cosa con Dumas. Dumas actúa a veces como la hija que desea aprender. Hablan de Proust, en un diálogo con muchísimo sentido. Giovanni está con la ingenuidad de Dumas antes que con la hipocresía del sistema y el escepticismo de Leonetti. La cita final del poeta Mihai Eminescu le afecta a él.
El cineasta continuaba su estrecha relación con el clan Becker. Uno de los hijos del director de La evasión, Etienne, es el responsable de la fotografía. Iluminó varios films de su hermano Jean y algunos de Rivette, Malle y Ferreri. Solo éste de Giovanni. Fotografía sin colores saturados o brillantes, directa y ecuánime como lo son el relato y las relaciones de la pareja protagonista.
QUIM CASAS