La tradición del guionista que, harto o no de que los directores destrocen sus guiones, decide pasar a la dirección es notoria en el cine estadounidense, de Billy Wilder o John Huston a Paul Schrader y Francis Ford Coppola pasando por otros y muy notorios nombres. José Giovanni siguió ese proceso, al que debe sumársele un paso anterior, el de novelista. Primero escribió libros policiacos o colindantes con el género –el relato de fuga carcelaria, por ejemplo–, después adaptó la mayoría de ellos al cine aprendiendo paso a paso el oficio de guionista y, finalmente, dirigió sus propias películas, algunas a partir de sus textos, otras a partir de novelas ajenas.
Pero el tránsito del guion a la dirección no fue fruto del descontento, ya que tanto el trabajo que había hecho Jacques Becker en La evasión como el de Claude Sautet en A todo riesgo le parecían formidables. Lo mismo podríamos decir de su buena relación con Jacques Deray, para quien escribió cuatro películas, y con Robert Enrico, con el que colaboró en tres. Giovanni se formó de manera natural con ellos y enseguida todos se dieron cuenta de que en él había también madera de director. No solo escribía los guiones y dialogaba con admirable precisión y naturalismo fruto de la propia experiencia –esa es una de sus características básicas–, sino que aconsejaba en detalles técnicos, localizaciones y repartos. Se integraba en el proyecto no como el guionista profesional que termina su texto, lo entrega y se desentiende, sino como alguien curioso que quizá de forma inconsciente estaba aprendiendo el otro oficio, el de dirigir.
De modo que Giovanni no fue un guionista hastiado de que le eliminaran escenas que él consideraba importantes y le alargaran o añadieran otras que le parecían innecesarias. Simplemente la curiosidad, el éxito de buena parte de sus películas como guionista y el apoyo de sus amigos en la industria hizo viable su paso a la realización en 1967. Después de su debut tras la cámara solo escribió una película para otro director, El clan de los sicilianos, aunque, por supuesto, continúo escribiendo todas las suyas.
Después de la política de los autores promulgada por “Cahiers du cinéma” en los años cincuenta, y de la política de los actores que se inventó la misma revista en los noventa, no estaría de más una política de los guionistas, algo que se dio en Estados Unidos –tímidamente– con la irrupción a principios de este siglo de Charlie Kaufman, otro guionista, por cierto, que pasó a la dirección. Él era tan responsable de los filmes que escribía como Michel Gondry, Spike Jonze o George Clooney. Algo parecido podría decirse de Giovanni: la métrica de La evasión la proporciona la escritura realista de Giovanni, aunque Becker sabe ponerla en escena con gran precisión; el tono de A todo riesgo surge de la definición de personajes de Giovanni tanto como de la estilización noir de Sautet; la densidad dramática de Ronda de crímenes la proporciona por igual la arrítmica estructura coral del guion como la orfebrería de la puesta en escena de Jacques Deray; la atmósfera de Hasta el último aliento es muy propia de Jean-Pierre Melville, pero su nihilismo es de Giovanni. Incluso en los encargos sumaba más que restaba, caso del relato de espionaje Red siniestra, otra de sus colaboraciones con Deray, y en grandes producciones como El clan de los sicilianos se convirtió en una especie de mediador entre el director, Henri Verneuil, y el novelista adaptado, Auguste Le Breton, buscando la intersección perfecta entre lo que propone el libro y lo que define la película.
QUIM CASAS