El desencanto regresa 50 años después al Festival de San Sebastián. De hecho no es un retorno, sino una primera y justa comparecencia. Entonces fue retirada de la programación por el productor Elías Querejeta y el equipo del film como rechazo al clima de violencia y represión que se respiraba en el País Vasco. Junto a la película, que abre hoy la sección Klasikoak, está la exposición que explica gráficamente lo que aconteció entonces, y que puede verse en la primera planta de Tabakalera hasta el 27 de este mes.
Una exposición con un título muy descriptivo: “Una actitud de defección. El gesto que cambió el rumbo del Festival de San Sebastián”. La retirada del documental de Jaime Chávarri sobre la familia Panero significó un primer y decisivo paso hacia la democratización del Zinemaldia. Un paso significativo entonces y que conviene recordar ahora en plena regresión de libertades democráticas en todo el mundo y el auge de aquella extrema derecha que no desapareció del mapa con el finiquito no firmado del franquismo.
En el acto de presentación del pasado 2 de septiembre conducido por Irati Crespo –responsable de Artxiboa, la memoria del Zinemaldia– y Maialen Beloki –subdirectora del certamen–, se habló, precisamente, de la memoria. Lo hicieron con Chávarri y Enrique Vila-Matas. El autor de novelas tan fascinantes como “París no se acaba nunca” o “Canon de cámara oscura”, que entonces tenía 28 años, cubrió aquella edición para la revista “Destino”. Su crónica se tituló “El martirio de San Sebastián”.
“Nos reencontramos 50 años después para hablar de una película que habla de la memoria”, comentó Chávarri. Doble reencuentro, de su película con el Festival y de él con Vila-Matas, a quien hacía los mismos
años, medio siglo, que no veía. “Querejeta dijo que si había problemas en el País Vasco, la película no iría al Festival”, recordó el director de El desencanto. Y hubo problemas: una huelga general en Euskadi, una carga policial indiscriminada durante la gala de inauguración con la proyección de El inocente de Visconti. Chávarri no llegó a viajar a la ciudad –tampoco lo hizo la copia del film, razón por la que Querejeta pudo retirarla, lo que no ocurrió con otras producciones españolas a concurso– y siguió los hechos por la prensa: “Lo que estaba pasando daba a entender qué país queríamos dejar de tener”.
Vila-Matas evocó aquellos días y su relación con Michi, el pequeño de los Panero y el que falleció antes: “Michi era amigo, pero yo tenía dificultades con Leopoldo María. Me siento próximo a la película porque estuve en sus orígenes. Llevé con mi Seat 600 a Michi a Astorga, poco después del homenaje que se le hizo a su padre”. En otro texto en “Destino”, éste centrado ya en El desencanto, Vila-Matas definió certeramente la película como una ficción con máscaras totales en la que aparecía la realidad. Otro de sus artículos fue “Echar a Echarri” –en referencia al director del certamen, Miguel de Echarri–, una frase que le iba repitiendo Michi Panero. El vuelo en el que Vila-Matas debía regresar a Barcelona fue cancelado. Pasó la noche en Hondarribia y, buscando una pensión, acabó en el callejón donde mataron a Zabala, algo que ha descubierto al ver la exposición. “Vamos a hacer otra”, le dijo Querejeta a Chávarri tras el éxito del film. “No la hicimos, salió”, fue la respuesta del director. “La película está hoy aceptada”, comentó Chávarri, “pero fue un perro verde desde el primer momento y tuvo detractores”. De ese “perro verde” y su relación con el Festival versa una exposición que contiene el artículo de Vila-Matas; la carta de Querejeta fechada el 13 de septiembre; el acta del comité rector del mismo día 13; una caricatura aparecida en “El Papus”; los telegramas de personalidades diversas anulando el viaje al Festival; manuscritos de repulsa firmados por miembros de la prensa; un telegrama del equipo de Gusanos de seda desaprobando la proyección de la película; la fotografía de un acto por el asesinato de Zabala; una foto de un Querejeta exultante en la presentación el año posterior de A un Dios desconocido”, su siguiente colaboración con Chávarri. En la instantánea, detrás del productor vasco puede verse el póster de La guerra de las galaxias: la era de una nueva normalidad. También está el telegrama de Ángela Molina –“Agradezco y no acepto su invitación festival uniéndome a la penosa situación país vasco”: la prosa de los telegramas era escueta y directa como pocas– y el cartel de la edición de 1976, cuyo diseño parece una premonición de lo que sucedía en aquella ciudad enlutada: son dieciseis fragmentos de celuloide, y quince de ellos tachados con una X.
QUIM CASAS