Bucking Fastard está dedicada al gran David Lynch, fallecido en 2025. Podría parecer a priori que los universos cinematográficos de Lynch y Werner Herzog no tienen demasiado que ver, pero no debería sorprendernos la afinidad entre dos realizadores tan libres, autores de fuerte personalidad sin miedo a nadar contracorriente y transitar por caminos no trillados.
Y, efectivamente, en esta última película (la primera de ficción en siete años tras dirigir un buen puñado de documentales) del flamante nuevo Premio Donostia podemos detectar varios puntos de conexión con la obra de Lynch, como cierta atmósfera onírica (con alusiones a los sueños desde la primera escena del film), una sensación recurrente de extrañeza e irrealidad, o la creación de unos personajes de encaje casi imposible en lo que convencionalmente se nos pueda ofrecer como “el mundo normal”. Tal y como decía ayer el actor Orlando Bloom, uno de los intérpretes del film y que anoche se encargó de entregar el Premio Donostia a Herzog, “ésta es una película especial, es como un poema con personajes únicos. Y lo bueno es que Herzog no juzga a los personajes ni plantea preguntas fáciles”.
Por supuesto, también identificamos rasgos autorales del propio Herzog, por mucho que el cineasta se haya esforzado a lo largo de su larga y prolífica carrera por no encasillarse. En Bucking Fastard también nos encontramos con ese explorador eterno, audaz viajero siempre, tanto en su cine como en su vida personal, cronista de las quimeras imposibles de Lope de Aguirre o Fitzcarraldo, y que aquí identificamos con esas bellas y poderosas imágenes de las hermanas Mara excavando un túnel en el corazón de la montaña a la búsqueda de, quién sabe, ¿la Atlantida? ¿Una luz de esperanza? ¿Quizás el amor?
“Esta historia estaba en mi cabeza desde hace muchos años, desde que conocí a dos gemelas que hablaban al unísono, pero la olvidé porque no encontraba a las actrices capacitadas para hacerlo. Muchas películas después, la he retomado porque Kate y Rooney son maravillosas y ellas sí podían hacerla. De todos modos, las hermanas no son lo fundamental, sino los elementos poéticos alejados de las narrativas de Hollywood que esos personajes ofrecen”, explicaba Herzog sobre el germen e intenciones del film.
Y continuaba: “Estas hermanas llevan toda la película sobre sus hombros, porque no son sólo ingenuas y dulces, son personajes muy complejos. Y estábamos abiertos con ellas a la sorpresa, siempre hay márgenes de flexibilidad cuando ruedo. No todo está planificado 100%. Una película está muerta si te limitas a hacer un seguimiento pedante del guion”.
Todavía prolífico a sus 84 años, a punto de terminar una nueva película y publicar dos libros, indica que tiene un montón de historias dentro de él. “Elijo la que mayor reto me supone, la que con más vehemencia me viene”, explica. Así pues, orgulloso de recibir el Premio Donostia “por pasar a formar parte de esa lista de grandes cineastas que lo han recibido antes”, este reconocimiento a toda su carrera no provoca en Herzog la tentación de repasar su filmografía pasada y sigue mirando al futuro. “No miro hacia atrás. Tengo mucho trabajo por hacer”.
GONZALO GARCÍA CHASCO