Tras más de una década en Los Ángeles probando fortuna en el cine, un retrato tomado por su hermano cambió la vida de Naomi Watts. David Lynch estaba ultimando el piloto de Mulholland Drive y se fijó en una foto de una chica y la mirada que devolvía aquel rostro. Cuando al cabo de poco Watts conoció a Lynch para el papel de Betty Elms/Diane Selwyn, las resistencias a causa de años de rechazos cayeron como un castillo de naipes. “Con él de repente sentí que podía mostrarme tal como soy. Había construido tantas capas que era como si ya no me conociera a mí misma”, contaba la actriz tras la muerte del de Montana el año pasado.
Delicado pero desafiante, vulnerable a la vez que resiliente, el gesto de Watts en esa instantánea parece prefigurar la complejidad del doble personaje de Betty/Diane, a quienes encarna de manera electrizante. Está claro que para ella hay un antes y un después de Mulholland Drive –como ha declarado abiertamente la británica, nacida en 1968 en Inglaterra pero asentada desde adolescente en Australia–, aunque su trayectoria dista mucho de ser un golpe de suerte cuando el tiempo corre en tu contra. Más bien es un relato de perseverancia y riesgo, cualidades que se suman a su imagen de estrella con los pies en la tierra.
Quizá esa discreción se deba a la incertidumbre de sus inicios, cuando fue encadenando apariciones publicitarias, participaciones en series y pequeños papeles en cintas como La primera experiencia (Flirting) (John Duigan, 1991), donde coincidió con Nicole Kidman y Thandiwe Newton. En Hollywood, ya se ha dicho, tampoco le fue demasiado bien hasta su encuentro con Lynch: un cameo en Matinee (1993), de Joe Dante; como secundaria en la adaptación del cómic Tank Girl (Rachel Talalay, 1995); protagonista en Los chicos del maíz IV: La reunión (Greg Spence, 1996), entre otros títulos modestos. Sin embargo, su instinto artístico moldeado por la curiosidad ha acabado conduciéndola hasta donde hoy se encuentra: dos nominaciones a los Oscar, unos cuantos éxitos de taquilla y el consenso crítico como una de las mejores actrices del siglo XXI.
Con su papel de Cristina Peck en 21 gramos (Alejandro González Iñárritu, 2003) logró su primera nominación a mejor actriz; mientras que en King Kong (Peter Jackson, 2005) su personaje le da la vuelta a la relación de la bella con la bestia al conectar con una ternura inaudita con el simio. No ha sido el único remake que ha protagonizado. A The Ring (Gore Verbinski, 2002) y The Ring 2 (Hideo Nakata, 2005), adaptaciones para el mercado internacional de las cintas de J-Horror de Nakata, se le suman la perturbadora Goodbye Mommy (2022), versión de la cinta de Severin Fiala y Veronika Franz (Ich seh, Ich seh, 2014) y, muy especialmente, la inquietante Funny Games (2007), en la que Michael Haneke reproduce prácticamente de manera idéntica la película original de 1997.
Esa imagen de actriz trasnacional se confirmaría con Lo imposible (2012), la visión de J. A. Bayona del terrible tsunami que arrasó la costa de Indonesia en 2004. Su contenida y exigente interpretación, capaz de convertir esa catástrofe en una experiencia íntima, todavía perdura entre los espectadores que conectaron con su drama y le brindó su segunda nominación como mejor actriz.
Más allá, no obstante, de su destreza para encarnar la fragilidad y resistencia humana, Watts ha demostrado dotes para la comedia (Conocerás al hombre de tus sueños, Woody Allen, 2010; Mientras seamos jóvenes, Noah Baumbach, 2014), el biopic histórico (Diana, Oliver Hirschbiegel, 2013; y J. Edgar, Clint Eastwood, 2011) o el suspense erótico (Emmanuelle, Audrey Diwan, 2024). Una miríada de producciones, en fin, que confirma un talento único al tiempo que reivindica la madurez ya no como reto, sino como oportunidad.
Por Paula Arantzazu Ruiz