Hubo quienes se enojaron por la presencia de Hope en la competición por la Palma de Oro del último Festival de Cannes. Al parecer, para ellos ese espacio debería estar reservado exclusivamente a emotivos dramas sociales, sesudas reflexiones existenciales o, en definitiva, a eso que convencionalmente entendemos como cine de autor serio y riguroso. Otros, sin embargo, celebramos la decisión porque la nueva película del coreano Na Hong-jin es, ante todo, una magnífica película de acción. Sin complejos, ni excusas ni coartadas. Acción pura y dura concebida para llegar a todo tipo de públicos. Y también cine con sello de autor.
Tampoco debería sorprender demasiado. Na Hong-jin ya había demostrado en sus trabajos anteriores su dominio de los recursos del lenguaje cinematográfico y su estilo personal, aunque aplicándolos a territorios diferentes. The Chaser (2008) se adentraba en el thriller criminal y el cine de asesinos en serie; The Yellow Sea (2010), en los bajos fondos y las organizaciones mafiosas; y El extraño (2016), en un terror rural progresivamente contaminado por lo fantástico. Diez años después, Hope supone un nuevo desplazamiento hacia un fantástico de acción, una monster movie en la que se mezclan persecuciones, violencia, suspense, drama y unos oportunos toques de humor. Todo un festín de más de dos horas y media de duración y una reivindicación sin complejos del placer más elemental del cine de acción y aventura. Logra provocar tensión, sorprender, divertir y mantener al espectador agarrado a la butaca con una eficacia extraordinaria.
Sin apenas introducciones ni explicaciones previas, Na Hong-jin arroja al espectador en mitad de una cacería destinada a descubrir qué está devastando una comunidad rural de la Corea del Sur de los años ochenta situada cerca de la Zona Desmilitarizada que separa el país de Corea del Norte. Hope va directa al grano. Sin necesidad de presentaciones convencionales de personajes, permite conocerlos a través de sus actos y sus reacciones ante el peligro en una vorágine de persecuciones en coche, a pie e incluso a caballo, por calles, carreteras y bosques, de enfrentamientos y estallidos de violencia que se suceden gracias a un extraordinario despliegue de medios. Pero lo que hace que Hope funcione no es únicamente la espectacularidad de esas secuencias, sino la prodigiosa precisión con la que están construidas. La planificación de Na Hong-jin permite comprender en todo momento el espacio y la posición de los personajes dentro de él; el montaje imprime velocidad sin caer en el atropello y tanto la banda sonora como la utilización del sonido contribuyen a arrastrar al espectador dentro de una maquinaria narrativa que avanza a toda velocidad.
Pero sería precipitado reducirla únicamente a eso. Na Hong-jin juega continuamente con la información y con las expectativas del espectador, obligándolo a construir sobre la marcha una explicación de lo que está viendo para después ponerla en duda. Cada nuevo dato puede modificar el significado de lo anterior y aquello que parecía evidente deja de serlo unos minutos después.
Si tenemos en cuenta que ya se trabaja en su continuación, no hay que descartar que Na Hong-jin vuelva a descolocarnos y nos obligue a reinterpretar buena parte de lo que ahora creemos haber entendido. Puede que este formidable espectáculo de acción sea exactamente lo que parece. O puede que las persecuciones, los disparos, la violencia y el humor no sean sino el punto de partida de un proyecto bastante más complejo y temáticamente ambicioso. Sea lo que sea que nos depare la futura entrega, Hope tiene un valor por sí misma y consigue algo tan difícil como mantener la tensión, el interés y el disfrute durante 160 minutos. Continuará.
CARLOS ELORZA