Siguiendo los pasos de Jacques Becker, que dio su última película y su título más celebrado adaptando a Giovanni en La evasión (1960), su hijo Jean Becker tomaba un año después otra novela del escritor, “L’Excommunié” (1958), para levantar la primera suya, las andanzas de un delincuente en retirada que, afanándose por salvar a un amigo encarcelado injustamente y saldar cuentas con sus traidores, recaerá en antiguos usos y costumbres.
La película se abre al grano pero Belmondo titubea, ponderando en el puesto de un ferretero una navaja que finalmente devuelve a su sitio, optando por llevarse en su lugar uno de esos rompecabezas elementales: dos clavos enlazados que funcionarán como accesorio de personaje y amuleto psicológico.
Un tal La Rocca (1961), con guion del propio Giovanni, condensa la acción de la novela, aparca un tanto la aventura y se orienta al drama existencialista, lo que, al margen de su retranca y sus trazas hard boiled, perfuma la película de nouvelle vague o la dota, al menos, de cierta poética neorrealista. Esto quizás podrían ser alucinaciones resabiadas de espectador contemporáneo, pero no olvidemos que Belmondo es en ese momento otro Belmondo, recién salido de Al final de la escapada (Jean-Luc Godard, 1960). Como sea, es su físico granuja y hechicero lo que eleva a hermoso e irresistible anti héroe de bande dessinée al implacable Robert La Rocca, sin duda el personaje más arquetípico escrito por Giovanni; un duro de mirada temible que ha atravesado tres décadas de mafia y adaptación, al que hubo que achicarle la mundología para adaptarlo a la juventud del actor.
Para arroparlo en pantalla, los sabores inmemoriales del noir: el juego clandestino, escenario bien conocido por Giovanni gracias a los negocios de sus padres, matonismo al punto, clima portuario, disciplina carcelaria, trabajos forzados y esa conciencia de clase que en su autor siempre se formuló como “suerte”, con los reos desactivando minas alemanas en las playas francesas, jugándose la vida en un terreno que ahora habrá de servir para edificar... chalés con piscina.
A pesar de que la película se resuelve sobradamente y atesora un encanto sencillo y nítido, Giovanni nunca le guardó mucho cariño, en parte por la fiscalización de Adry de Carbuccia, personalidad de la alta sociedad francesa y a la sazón productora de la película, que se empeñó en suavizarla para obtener el visto bueno de la OCFC (Office Catholique Français du Cinéma), razón principal, también, por la cual no se conservó el título de la novela: “El excomulgado”.
Giovanni solía inspirarse para la confección de sus personajes en tipos de carne y hueso que, por lo general, habían acabado sus días más mal que bien. En sus ficciones los exime en parte de una culpa que desplaza a las estructuras de poder y a las tesituras sociales, si bien serán siempre figuras regladas por lo amoral.
Madame de Carbuccia pretendía que La Rocca, que en la última línea de la novela se pierde en las callejas del viejo Montmartre entregándose a nuevos y misteriosos designios, se rehabilitara tomando un trabajo honrado.
Una década más tarde, ya como director, Giovanni retomaría esta historia, de nuevo con Belmondo, en El clan de los marselleses (1972), una adaptación propia más bronca y exuberante, aunque para entonces ya empezaba a intuirse que las mejores películas de Giovanni no las iba a dirigir Giovanni.
RUBÉN LARDÍN