Hay algo paradójico en que Naomi Watts reciba el Premio Donostia mientras presenta una película sobre alguien que hizo todo lo posible por ocultar su verdadera identidad. Tras casi cuarenta años de carrera, la actriz aterriza en San Sebastián con The Housewife, debut de Ben Sheridan, para dar vida a Hermine Braunsteiner, una despiadada guardia de un campo de concentración nazi que logró camuflarse en Estados Unidos bajo la fachada de una mujer corriente.
Fue precisamente esa contradicción la que atrajo a Watts hacia el guion de Alyssa Hill y el papel: una mujer capaz de atrocidades, que se esconde tras la máscara de la respetabilidad. Admitió que el personaje le infundía temor y que llegó a preguntarse si podría sacarlo adelante. “Los monstruos no están debajo de la cama, están entre nosotros […] Me encanta actuar. Me encanta contar historias”, afirmó, defendiendo el cine como una poderosa herramienta para transformar nuestra visión del mundo y de la mente humana.
Tal vez ahí resida una de las claves de su trayectoria: la fascinación por descubrir qué se esconde tras las apariencias. Pocas películas lo expresan mejor que Mulholland Drive, el título que cambió su carrera tras años de rechazos y papeles menores. David Lynch supo ver en ella un brillo que la frustración había terminado por esconder. Le ofreció lo que ella llama “el papel de una vida”: interpretar a Betty y Diane, dos identidades radicalmente opuestas.
Trabajar con Lynch, contó la actriz, le permitió despojarse de las barreras que había levantado a lo largo de los años. Volvieron a coincidir en Twin Peaks y aún hoy dice estarle “eternamente agradecida”. La conexión con la película de Sheridan es inevitable: mientras en Mulholland Drive una identidad se desmorona, en The Housewife una identidad inventada resiste el paso del tiempo. Watts reconoce ese lazo psicológico, aunque las vivencias fueron opuestas. La película de Lynch fue “pura diversión”; Hermine, en cambio, supuso un “rompecabezas mental”.
Entre ambos papeles se extiende una carrera definida por la versatilidad: 21 gramos, The Ring, King Kong, Funny Games, Promesas del Este, Diana o Lo imposible. J. A. Bayona, quien la dirigió en esta última, revela otra clave para comprenderla: su habilidad para entregarse por completo a la película y al equipo, y para convertir su rostro en un lienzo narrativo.
Su trayectoria ha desmontado otro mito. Al llegar a Hollywood, le advirtieron que debía apresurarse porque todo acababa a los 40. Sin embargo, su gran oportunidad llegó pasada la treintena, con Mulholland Drive. Ahora, en la segunda mitad de sus cincuenta, Watts defiende que las mujeres sigan siendo protagonistas a medida que suman años.
Por eso The Housewife aterriza en un momento clave. Aunque ambientada en 1964, Watts cree que también dialoga con el presente: el odio, la polarización y la sorprendente facilidad con la que la sociedad se acostumbra a lo que prefiere ignorar. La película no pretende dar respuestas, sino provocar preguntas.
“Tenemos que hacer todo lo posible para evitar volver al mismo punto. Esperamos que os vayáis de aquí con preguntas. Necesitamos buenas historias, y buen periodismo”, afirmó. Quizá sea también la mejor forma de definir el momento en que recibe el Premio Donostia: un homenaje a casi cuarenta años de carrera que no suena a despedida, sino a la reafirmación de que Naomi Watts sigue decidida a explorar lo que se esconde bajo la superficie.
ANDREA DE TORO GARCÍA