La palabra inglesa cute significa bonito o tierno. Pero la directora Marlene Emilie Lyngstad (Noruega, 1997) no escogió Cute como título de su primer largometraje por eso, y es algo que los espectadores del Zinemaldia descubrirán en los primeros segundos de la cinta que se estrena hoy en el K2. Y es que cute también es el nombre que recibe una corriente que mezcla elementos tiernos, infantiles o de colores rosas o pasteles con prácticas de dominación, sumisión y erotismo (BDSM).
Este cóctel es la esencia de esta cinta que compite en la sección New Directors en la que se presenta la pedofilia de una manera incómodamente honesta. Porque no hay nada cute sobre esta parafilia, y la directora no ha pretendido que lo sea. Antes de que el lector de este artículo saque conclusiones, conviene recordar que pedofilia no es lo mismo que pederastia. La palabra “pederastia” hace referencia al abuso sexual que se comete con niños, mientras que la pedofilia alude únicamente a la atracción erótica o sexual que una persona adulta siente por los niños, sin que haya conducta delictiva. Un tema espinoso del que se habla poco porque es algo de lo que cuesta hablar. No así a Lyngstad: “He aceptado que no puedo ignorar aquello que me asusta y me entristece. Algo que me aterra especialmente es la línea difusa entre el amor romántico y la fetichización. Cute es un intento de examinar esa línea. Es una historia inquietante a la vez que tierna sobre un hombre que anhela la inocencia de la infancia y una mujer que desea recuperar la suya; la historia de dos personas que, más que nada, anhelan una intimidad auténtica, pero que no pueden evitar humillarse mutuamente en su búsqueda de ella”.
En el film conocemos a Richard, un pedófilo que busca desesperadamente suprimir la atracción que siente por los menores. A través del impecable trabajo del actor Jan Gunnar Røise, podemos vivir en nuestra piel la frustración y la culpabilidad al no conseguir su objetivo. La medicación que toma voluntariamente para disminuir la libido no es suficiente, por lo que, atormentado por los sentimientos prohibidos que alberga hacia su hijastra, que tiene siete años, decide romper con su novia y alejarse.
Para distraerse, se refugia en la casa donde creció y se propone reformarla para venderla. Sin embargo, este retiro que se autoimpone se ve perturbado cuando descubre que Stella, la aniñada cuidadora de su madre, lleva una doble vida como camgirl haciendo de Lolita. Después de tantearse mutuamente, comienzan una relación transgresora, como si fueran padre e hija, en la que no se sienten juzgados. El remedio perfecto para su soledad hasta que la hijastra a la que abandonó Richard retoma el contacto.
El proceso de escritura de guion, también a cargo de la directora, ha requerido muchas horas de entrevistas con grupos de “pedófilos no practicantes” y con personas de la subcultura de BDSM de “juego de edades”, centrada en las dinámicas de poder entre un cuidador y un little (infante), para conocer los contextos de sus dos protagonistas. En ese proceso conoció a Gina Jaqueline, quien vendía vídeos en OnlyFans relacionados con la cultura cute. Gina Jaqueline se unió al proyecto como consultora y acabó como actriz interpretando a Stella, la protagonista.
“He intentado hacer una película que no idealice ni demonice. En su lugar, me he centrado en examinar ‘lo inevitable’. La película es mi intento de abordar aspectos difíciles de la vida. Espero que inquiete a algunos y reconforte a otros. Mi deseo es que el público salga del Zinemaldia sin ponerse de acuerdo sobre si acaba de presenciar una historia de amor o de perversión”. Esta es la conversación incómoda que nos plantea la cineasta y que seguro que despertará muchas reacciones entre el público donostiarra.
Lo que está claro es que la magia del cine es, precisamente, hacernos vivir otras vidas, ponernos en la piel de los demás, comprenderlos y empatizar. También abre debates y conversaciones que, aunque incómodas, son reales y necesarias. Y eso sí es cute.
IRATXE MARTÍNEZ