“Me di cuenta de que lo que estaba explorando tenía mucho que ver con mi propio género, las luchas y la disforia y este sentimiento de buscarse a sí misme en línea, en la oscuridad de la pantalla.” Así describía le directore estadounidense Jane Schoenbrun su debut en la ficción, We are all going to the world´s fair (2021), magnético largometraje de bajo presupuesto sobre una solitaria adolescente que, en busca de conexión humana, participa en un inquietante reto online que le promete perturbadores cambios psicológicos, conductuales o físicos. Schoenbrun daba la descripción citada en el fecundo Conversatorio que mantuvo en la 72 Edición del Zinemaldia, con motivo de la presentación de su parábola queer, I Saw the TV Glow (2024); plástico, lynchiano y profundamente sincero, un-coming of age en el que un joven marginado relata su visceral relación con la serie sobrenatural The pink opaque. En ambas, Schoenbrun exploraba la compleja relación entre los individuos y las pantallas, tan salvífica, acogedora y auto-reveladora como posiblemente desquiciante, frágil y autodestructiva.
Dos años más tarde del susodicho Conversatorio, le realizadore cierra su “trilogía de las pantallas” con la gozosa Teenage sex and death at Camp Miasma, título de culto instantáneo estrenado en la sección ‘Un certain regard’ de Cannes. Schoenbrun, haciendo gala de madurez como cineasta, traslada su mirada de la obsesiva recepción espectatorial a la vivencia pasional de la creación cinematográfica. Se trata de su obra más explícitamente autoreflexiva, un ejercicio meta de cine dentro del cine cuya protagonista, Kris (Hannah Eindinber, de la serie Hacks), se convierte en alter ego de le cineasta. Aplaudida en Sundance como la flamante voz de su generación, tras una incomprendida ópera prima que revisaba Psicosis desde la perspectiva de la ducha, a le intelectual y embarullade Kris le encargan hacer renacer de sus cenizas una franquicia en declive: Camp Miasma, slasher ochentero en el que el fantasmal “Pequeña muerte” aterroriza a sus víctimas con una afilada lanza. Frente a las aspiraciones de la satirizada maquinaria de Hollywood, Kris se empecina sin éxito en contratar a la crepuscular actriz Billy Presley (la icónica Gillian Anderson de Expediente X), final girl de la primera entrega que sigue viviendo en el nevado set, dotado de una atmósfera de ensueño gracias al artesanal trabajo de las maquetas, los fondos y la detallada colección de reliquias (carteles, juegos o VHS se suceden cual naturalezas muertas en la apertura del film).
Sin dejar de explicitar el componente misógino y tránsfobo del género, Schoenbrun analiza, venera, subvierte y lleva al paroxismo el slasher, con ironía, tanto desde la sesuda exploración académica de la intersección entre lo queer y la monstruosidad, como, sobre todo, desde la sensorial e impactante inmersión empática en un cine de la carne y los fluidos. En un espectacular y sangriento plano secuencia de la película, bajo los ritmos melancólicos de Counting Crows, la cámara salta de verdugo a víctima, de la subjetividad a la exterioridad, de la pulsión tanática a la erótica, del objeto al sujeto de deseo. Teenage sex and death at Camp Miasma es un cine que transita y transciende; un cine en el que una mirada y un grito ensordecido pueden resumir toda una culminación de anhelos sexuales reprimidos; un cine que construye y deconstruye subjetividades de hermosa abyección; un cine que posee a sus artífices hasta arrebatarles.
MANUEL HEVIA