Última película en blanco y negro de Jean-Pierre Melville, Hasta el último aliento (1966) supone la primera colaboración entre dos titanes del polar: Melville, guion y realización, y José Giovanni, autor de la novela adaptada. Bueno, primera y última, porque la relación apenas pudo terminar peor.
Lástima, pues si bien la aproximación al género de Melville optaba por la estilización, y en cambio la de Giovanni por el realismo, existían las suficientes concomitancias para colaborar: la confusión ética entre hampones y policías, nada reñida con el respeto; la amistad viril y la férrea lealtad que debe comportar, incluyendo tácitos códigos de honor; el fatalismo, la desesperación; los diálogos sentenciosos; la valoración percutante y jamás gratuita de la violencia; una concepción crepuscular de los “fuera de la ley”; ítems particulares como la delación y/o la traición… Sin embargo, el carácter fuerte e inflexible de ambos, contrario a relativizar opiniones, menos aún a ceder (los dos corrieron peligro colaborando con la Resistencia y sufrieron vivir entre rejas, otro vínculo pero de tipo existencial), provocó que las diferencias mutuas, mentales y creativas, pesaran más que las analogías, conceptuales y estéticas.
Empero, congratula apreciar que del área común entre dos personalidades tan cercanas/lejanas surgiera al menos esta película, brillante tanto dentro de la filmografía de Melville como en el seno de las adaptaciones de Giovanni. El cineasta retoma la práctica globalidad de las características de sus thrillers previos: reverencia por el cine negro americano de los años 40 y 50; equilibrio cromático entre blancos, negros y grises; puesta en escena con predominio de los planos largos e interacción entre cámara y actores; ausencia casi total de secuencias diurnas; relevancia subliminal de los objetos en general y los espejos en particular; contrapunto entre ambientes lujosos y míseros; música jazzística; aparición de un Night Club; sentido trágico de la dramaturgia; protagonismo de un antihéroe; fascinación estética por los gánsteres; vestuario intemporal; desprecio de toda contextualización sociopolítica… No obstante, introduce una gran diferencia respecto a El confidente, su película previa de mayor afinidad: si aquélla resultaba ininteligible, asumidamente, Hasta el último aliento es demasiado explicativa, innecesariamente. No importa, sin embargo, pues su fuerza, visual y dramática, es formidable.
En su interior, es llamativo que la segunda parte gravite alrededor del tema de la delación: estela de Giovanni, pues siempre representó una de sus obsesiones. Y sólo puede derivar de su pluma también el personaje del comisario marsellés, arribista, cruento y amoral, pues difiere de la tipología de los flics melvillianos, orientada antes bien hacia el prototipo que representa el parisino Blot; o sea, maquiavélico, dicharachero e irónico. También choca en la obra de Melville, pues procede asimismo de Giovanni, un rol femenino como la hermana del protagonista; léase, un ser digno y sensible, maduro y serio, “una mujer de verdad”, antitética de la galería de mantenidas, strippers, golfas… proverbial en el noir del director; por último, la fuga de prisión del inicio no puede sino interpretarse cual explícito homenaje a La evasión.
De todos modos, aunque aglutine un dramatis personae consistente, Hasta el último aliento es, fundamentalmente, Lino Ventura, en la primera de sus dos actuaciones para Melville. Configura, mediante su personalidad tan especial, un rol/arquetipo/ mito fascinante, amén de único, cuya entidad última supera en categoría cualesquiera previos personajes de Melville. En particular, la parte final, donde combate a sus antiguos cómplices primero y después contra la policía, con una pistola Walter en una mano y una Luger en otra, despliega una potencia hipnótica, resaltando de forma inmortal en el seno de la obra de Melville, del polar, del cine negro.
CARLOS AGUILAR