Jean-Pierre Melville, nacido Jean-Pierre Grumbach, se cambió el nombre porque le fascinaba la literatura de Herman Melville. Fue uno de los pocos directores franceses que, junto a Jacques Becker, Robert Bresson, Jean Renoir, Jean Vigo, H. G. Clouzot y Jacques Tati, salvaron de la quema generalizada los cachorros de la futura Nouvelle Vague en cuanto empezaron a escribir del cine galo clásico y el de posguerra. Melville se interpretaba a sí mismo en la secuencia de Al final de la escapada en la que Jean Seberg va al aeropuerto a entrevistarlo, aunque Seberg siempre pensó que a quien iba a entrevistar era Roberto Rossellini. El director de Roma, ciudad abierta era uno de los grandes autores de su tiempo. Melville también lo era, pero esencialmente hacía películas policíacas, y la pertenencia a uno u otro género marcaba el rango de autoría en unos tiempos más inclementes de lo que se cree. Rossellini también era Dios para los cahieristas, pero ponían a comer a la misma mesa, a la diestra o a la siniestra, a Melville.
Así que a un director de magníficos y estilizados filmes policíacos le habían convencido los influyentes críticos nuevaoleros de que era un auteur. Y eso, sumado a un carácter ya de por si complicado en el trato con todo el mundo, fueran actores, guionistas o técnicos, le convertía en un cineasta respetado y odiado. Alto, fornido, ataviado siempre con un sombrero tejano en honor a su querencia por el cine negro y la cultura estadounidense, Melville imponía. Imponía mucho. Pero José Giovanni no era alguien que se amedrentara fácilmente. Más bien todo lo contrario. Cuando el director adaptó una novela del escritor en Hasta el último aliento, caso evidente de película magnífica por, entre otras cosas, la colisión entre sus dos máximos responsables, saltaron algo más que chispas. La brusquedad de Giovanni en principio no casaba bien con la estilización a veces manierista de Melville, pero en el cine es algo habitual que los polos opuestos se atraigan, el resultado sea formidable y, por el camino, quede un reguero de rencor entre los oficiantes de la liturgia creativa.
En el libro de Felipe Cabrerizo sobre Giovanni publicado con motivo de esta retrospectiva se explica muy bien la inquina que Melville arrastró contra Giovanni durante años. No volvieron a colaborar juntos, pero algo (bueno) de aquella relación cinematográfica quedaría tanto en la obra del autor de El ejército de las sombras (1969) como en la del responsable de Último domicilio conocido (1970). El protagonista de estos dos filmes, y de Hasta el último aliento (1966), es Lino Ventura, que hizo solo dos películas con Melville y un montón con Giovanni. Aunque El ejército de las sombras versa sobre un miembro de la resistencia francesa capturado por la policía colaboracionista, tanto la atmósfera como algunas situaciones –la fuga, elemento tan presente en la narrativa de Giovanni– y la interpretación de Ventura conectan la película con los máximos exponentes del polar de los sesenta. Quizá Melville nunca lo reconociera, pero Giovanni influyó de algún modo en él.
QUIM CASAS