“Pasó por aquí como el viento”, dice sobre ella uno de los hombres. Mona viaja, de un lugar a otro, de una persona a otra, de una fatalidad a otra. Su paso por casas, campos, coches e invernaderos ajenos es tan pasajero como el de una estrella fugaz, como un parpadeo; ella es ese viento que dice el granjero, que pasa como si nada, pues incluso cuando aquellos que la encuentran tienen la buena voluntad de ofrecerle la posibilidad de un techo o de un trabajo, Mona termina yéndose. No hay encaje posible, parece decir Sin techo ni ley (1985). Agnès Varda plantea una película que comienza por el final, cuando unas personas descubren el cadáver de una joven sin nombre a quien luego veremos vagar a lo largo de todo el metraje.
Mona, que pasó por la vida de otros como el viento, sí que ha dejado su huella en aquellas personas con las que se ha ido topando. Este es uno de los deambulares que propone Agnès Varda: la película discurre eminentemente de la mano de su protagonista, pero de tanto en tanto, la directora se permite la digresión de mostrar a los demás hablando de Mona, interpretada por una Sandrine Bonnaire que aquí no hace gala de su habitual aire grácil, pero que ostenta una suerte de rudeza que se va quebrando.
En Sin techo ni ley todo se desplaza; la trama va de un encuentro a otro, Mona viaja por diversos lugares, y la misma puesta en escena de Varda se cimienta sobre el movimiento de la cámara, constante, como un paseo. Hay momentos que emanan poesía, como el plano nocturno (móvil, cómo no) en el que ella observa una casa desde fuera, desde la ventana, y se contemplan los dibujitos que se emiten por televisión; u otro instante de observación, desde otro ventanal, el de una cabra atada a un árbol, en torno a la cual una moto da vueltas y más vueltas. Y hay momentos de un extraño delirio, como la fiesta popular por la que atraviesa Mona hacia el final de la película. Vagando por las calles de un pueblo, la chica es asaltada por una suerte de monstruo, un hombre vestido de rojo y acicalado con ramas de árbol. La escena discurre entre la pesadilla y lo ritual, en torno al vino.
Varda lo sabía bien: no es lo mismo que la solitaria Mona se tope con hombres que con mujeres. Entre los primeros, algunos la observarán con deleite y de forma amenazante. Las segundas verán en Mona una suerte de contraposición. En uno de los planos más elocuentes de la película, Varda filma el detalle de las manos de Mona, ennegrecidas; y frente a ellas, frente a esos dedos sucios, con la mugre incrustada bajo las uñas, el esmalte rojo brillante de las uñas de otra mujer. Varda lo sabía bien: en 1985, cuando se estrenó Sin techo ni ley, el movimiento de liberación de la mujer del que la cineasta había participado ya había acontecido, y ella ya había filmado películas de calado feminista como Una canta y la otra no, que proponía justamente una suerte de dialéctica entre dos amigas. Asimismo, entonces ya había en Varda un interés por las figuras subversivas, marginales o que sufren las violencias del sistema capitalista. Sin techo ni ley contiene las semillas de Los espigadores y la espigadora, el documental que Varda filmó al inaugurarse el nuevo siglo, evidenciando las posibilidades del por aquel entonces algo incipiente cine digital, y en el que ella misma se prestaba al deambular para investigar así a aquellas personas que, como Mona, viven en el vagabundeo.
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