¿Qué sucede cuando el miedo transforma una sociedad y lleva a la obediencia, el fanatismo y la pérdida de libertad? Esa es la pregunta que atraviesa Krux, presentada en la Sección Oficial, y la que explica su origen. De niña, la directora Tony Vahl escuchó a su abuela contar que, por aquel entonces, el río arrastraba cuerpos flotando. Años después descubrió que aquella imagen formaba parte de los suicidios colectivos ocurridos en Alemania al final de la II Guerra Mundial. Su investigación la llevó a preguntarse qué ocurre cuando desaparecen las estructuras protectoras de una comunidad y solo quedan el miedo, la incertidumbre y la obediencia.
Krux se aleja del cine bélico convencional, con las mujeres, los niños y los mayores como protagonistas. No hay grandes batallas ni explosiones: la guerra está en sus huellas, cuerpos, rostros y conductas. En un pequeño pueblo alemán, convertido en una olla a presión, las mujeres lavan sábanas ensangrentadas, los niños aprenden que la obediencia colectiva de las abejas es una virtud y un soldado moribundo reconoce que, aunque eran buenas personas, les han hecho comportarse como bestias. Conocemos la encrucijada de personajes como Greta, una viuda que se casa con el casco de su marido caído en combate, mientras se le recuerda que el amor todo lo soporta; Ani, que señala que “la guerra solo terminará cuando la ganemos”; o el asustado profesor que escucha a escondidas a Thomas Mann en la radio. Mientras el miedo se extiende, el régimen nazi prepara a sus seguidores para el sacrificio final.
La atmósfera resulta asfixiante. Casas oscurecidas, árboles podados, una serpiente que envuelve la maqueta del pueblo, personajes atrapados entre distintas formas de fe: el culto al Führer, la religión, la superstición, la obediencia. “El miedo no lo crean los monstruos, sino las personas”, advierte la vieja Meta.
Krux mira también al presente. Vahl y su equipo hablan de manipulación, desinformación, miedo y de la facilidad con que podemos seguir al grupo cuando dejamos de escuchar nuestra propia voz. La historia ocurrió en el pasado, pero sus mecanismos siguen resultando inquietantemente reconocibles.
El silencio impera en Krux y, para Clemens Schick, que interpreta al profesor, todo se concentra en una pregunta aparentemente sencilla que Greta le formula después de mostrar a los niños algo atroz: “¿Por qué lo haces?”. Una pregunta que lo deja sin respuesta y que desarma toda su construcción ideológica.
Jella Haase (Greta) lo resume así: “El lenguaje es poder”. Cuando las autoridades hablan, manipulan; “cuando Greta empieza a preguntar, recupera su poder y su voz”. Vahl, de hecho, buscó desde el casting actores capaces de “actuar el silencio”.
Y ahí está quizá la herida más profunda de Krux: en quienes no hacen la guerra, pero deben sobrevivir a ella. En las mujeres que limpian y reconstruyen, en los niños sobre los que se siembra el horror, en quienes callan por miedo y en quienes se atreven a preguntar. Porque quizá la verdadera libertad empiece precisamente ahí: cuando alguien, en medio del miedo, todavía es capaz de preguntarse “¿por qué?”.
ANDREA DE TORO GARCÍA