Dos adolescentes ucranianos están haciendo la compra en el supermercado. Ella mete un producto en el carro y él lo devuelve al estante porque está hecho en Rusia. Ella protesta, siempre compran esa marca: “¿Qué más da? Comprar o no ese producto no va a terminar con la guerra”. Él se gira y responde tajante: “Cada acción cuenta”.
Esa frase golpea a Marina en la pantalla y al espectador fuera de ella. La directora ucraniana Tatjana Moutchnik (Kyiv, 1988) estrenó ayer su película Sieben Tage Februar / February, Seven Days, una ópera prima muy personal. “Desde que emigré de Ucrania a Alemania, me he sentido como un turista en mi país de origen. Tras graduarme de la escuela de cine, sentí un impulso de explorar esta sensación de alienación y la necesidad de pertenencia a través de la historia de una familia multigeneracional y las diversas experiencias migratorias de sus miembros. A principios de 2022, la invasión rusa a gran escala golpeó a Ucrania. Tras hacer una pausa en el trabajo del guion, los productores de Wood Water Films y yo tuvimos la idea de darle un giro a la historia: una reunión familiar en Alemania durante el invierno, justo antes del estallido de la guerra”, explica.
Así es como la directora y también guionista, en el contexto de la incertidumbre inicial de este acontecimiento, explora las nociones de identidad, pertenencia y responsabilidad de la mano de los personajes principales, así como su conflicto interno entre quedarse o regresar, y la propia responsabilidad, tanto a escala personal como global de cada uno.
Sieben Tage Februar / February, Seven Days sucede durante la Shivá, el período de duelo judío de siete días donde familiares y amigos se reúnen en la casa familiar para honrar a la fallecida, en este caso la abuela de una familia ucraniana que emigró a Alemania. Se juntan así en este largo velatorio familiares con personalidades y reacciones muy diferentes a las noticias de invasión a Ucrania. Los hijos de la fallecida se reencuentran tras años de distancia para acompañar en el duelo a su padre. Igor, un exitoso restaurador de Odesa (Ucrania), llega a Stuttgart con su hijo Kolja para asistir al funeral. Su hermano Arkadij trabaja en el turno de noche en obras subterráneas y se las arregla como puede para criar en solitario a sus dos hijas, Marina y Dasha. El negacionismo del cabeza de familia choca con el activismo idealista de Kolja, que insiste en hablar ucraniano frente al ruso del resto de la familia, que a su vez choca con el miedo de su prima Marina y con la inacción de Igor y Arkadij, que no saben cómo reaccionar, prudentes y conscientes de sus circunstancias. En poco tiempo, cada miembro de la familia se verá obligado a replantearse el rumbo de su vida y su compromiso con la patria.
Esta evolución de los personajes transcurre en una sucesión de tomas largas perfectamente coreografiadas y un trabajo actoral auténtico y natural, con una esperanzadora metáfora final. La directora se muestra muy orgullosa de todo el elenco y lamenta que los dos actores que dan vida a los hermanos no hayan podido venir al estreno. “Serhiy Korshikov (Arkadij) y Volodymyr Holosniak (Igor) son ucranianos que residen en Ucrania, y no han conseguido el permiso para salir del país”. En este sentido, Moutchnik espera que la película recuerde a los espectadores que la guerra de Ucrania sigue ahí, aunque haya podido quedar en el olvido por la saturación de noticias, y que, como dice Kolja en la película: “Cada acción cuenta”.
I. M.