El 17 de noviembre de 1980, una histórica protesta ecofeminista y antimilitarista de desobediencia civil no violenta bloqueó las entradas del Pentágono. Fue la Women´s Pentagon Action, protagonista de With love and rage, de Bojina Panayotova. A ella le preguntamos:
¿Por qué decidió hacer una película en torno a este acontecimiento?
Encontré que había algo muy icónico en cientos de mujeres rodeando el Pentágono en, no una manifestación tradicional, sino una especie de performance muy emocional. A su vez, vi que la gente no conocía demasiado la acción. Pensé: hay que hacer una película. Tiene tantas resonancias con nuestro presente…
Quizás por esas resonancias su película propone un recorrido poético, político e íntimo, más que histórico.
Sí. En lugar de un enfoque histórico con entrevistas, como si ya hubiéramos comprendido el acontecimiento y fuéramos a comentarlo, quería preguntarme: ¿Qué pasaría si nos situáramos en el presente del pasado, como si todavía no hubiera sucedido y atravesáramos la acción desde dentro de una experiencia subjetiva y personal? Procedí recopilando testimonios, leyendo relatos y creando un “yo” abierto y múltiple. El corazón del proyecto era hacer un ritual en sí mismo, como una invocación que nosotros pudiéramos atravesar y encarnar, para revitalizar una energía que necesitamos, hoy, para nuestras propias crisis.
Y respecto a la crónica emocional de ese “yo”, ¿por qué decidió que apareciera escrito en pantalla y no de forma oral?
Intenté utilizar una voz en off, pero, en realidad, me parecía que envolvía demasiado, que hacía que todo resultara demasiado fluido. En realidad, quería conservar el carácter fragmentario. Había tenido acceso a muchos materiales diferentes, y quería componer un patchwork, con agujeros dentro. Quería conseguir que el espectador tuviera la sensación de que estamos trabajando también con el vacío, con aquello que falta. Y que, al interrumpir las imágenes con fundidos a negro, volvería a aparecer ese carácter: de trance. Quería que estuviéramos dentro de algo un poco hipnótico y que esperáramos cada nueva frase como un preciado regalo. Por eso trabajé con frases muy cortas, a veces poéticas, pero también muy concretas.
La acción se desarrolló sin una homogeneidad discursiva. ¿Cómo seleccionó los discursos que aparecen en la película en voz en off?
Fue una acción atípica no organizada por partidos ni sindicatos. Eran mujeres muy diferentes entre sí: pacifistas, católicas, brujas neopaganas, lesbianas radicales (muy politizadas), en “grupos de afinidad”. A su vez, en aquel momento estaba surgiendo el pensamiento de la interseccionalidad. No se trata solamente de mujeres contra hombres. Blancos y negros. Estas oposiciones tan binarias… Lo real es más bien una trama, una interconexión de relaciones de poder. El primer elemento que me dio ganas de hacer esta película fue esa historia de una mujer que coloca una tumba para las tres mujeres vietnamitas que su hijo había matado. Ella estaba en la intersección, a la vez víctima y probablemente culpable. Desde esta complejidad, decidí seleccionar grabaciones que fueran también posteriores, como las de Donna Haraway o Judith Butler.
¿Y respecto a las fotografías y las filmaciones?
Fue central encontrar el nombre de Barbara Hirschfeld en un folleto que decía que había hecho un film sobre la acción. La llamamos y encontró en su sótano una caja de bobinas al respecto, junto a películas experimentales, un autorretrato… Me impresionó muchísimo la manera en que ella filmaba, moviéndose con la cámara de una forma muy sensual. Pensé que podía recoger la política libidinal y el espíritu de la acción gracias a ella, y que podía hacer un collage de asociaciones entre la protesta y un imaginario que acompañase todo ese pensamiento y toda esa manera de ver el mundo, que pasa mucho por el cuerpo.
MANUEL HEVIA