“¡Arriba España!” grita un músico de pueblo sollozando manos arriba. Pocos minutos antes, la orquesta local está preparada para dar un concierto de bienvenida a los “nacionales”. Aun así, la aviación italiana los bombardea y él escapa con su trompeta a cuestas; pero lo encuentran. Estamos en 1937 y Cantabria cae en manos del bando fascista. “¡Arriba España!”. El mundo se detiene. Durante unos instantes parece que la extrañeza abre la puerta al discernimiento. ¿Puede uno tolerarse a sí mismo cuando ensalza sus ideas con lágrimas de miedo? “Soy de los vuestros”: La bola negra mira a los ojos de la cultura de la muerte española, donde merecer la vida pasa por derrotarse a uno mismo primero.
Es la película más esperada del año, escogida antes de estrenarse en salas para representar a España en la carrera por el Oscar, con el premio a la mejor dirección en Cannes, donde Javier Calvo, Javier Ambrossi y todo el equipo recibieron ese aplauso infinito. Ambos contemplan con cautela la buena acogida internacional. El verdadero estreno es ahora, en Donostia, y en cinco días en salas comerciales. “Es una película de amor”, afirman cuando se les pregunta sobre la universalidad de la propuesta; pero la apuesta estética y la mirada sobre la herida de la Guerra Civil son nítidamente españolas. La bola negra nos sitúa en tres tiempos, siguiendo las vidas de hombres gays de 1932, 1937 y 2017 en una suerte de guiño a Las horas (Stephen Daldry, 2002).
Los Javis parten del texto teatral “La piedra oscura” de Alberto Conejero. Una fabulación sobre el vínculo entre el músico y soldado “nacional” Sebastián (Guitarricadelafuente) y Rafael (Miguel Bernardeau), republicano herido y enamorado de Federico García Lorca. En esta obra se menciona “La bola negra”, que Lorca dejó inacabada. Javier Calvo confiesa que viajar hasta Granada y poder ver ese manuscrito en vivo es una experiencia que atesorará toda la vida. “Sentimos una gran pérdida por todas las obras que no pudo escribir o completar”. Estaba decidido: si Conejero había resucitado a un amante de Lorca que murió en la guerra, los Javis se atreverían a imaginar cómo seguía la obra incompleta del poeta asesinado. El viaje emocional del presente al pasado había empezado y así lo reflejan en un guion como de muñecas rusas, lleno de resonancias poéticas y heridas compartidas. Defienden el film escapando de los dogmatismos de quienes quieren hacer de Lorca un campo de batalla. “No queremos contar la verdad de nadie. Ni siquiera lo concebimos como una reivindicación de la figura de Lorca, sino un homenaje a su poesía”.
Para los cineastas, la trama situada en 2017 era importante “para darnos cuenta de que esta es la historia de nuestros abuelos y que hay un dolor que no está resuelto”. En la pantalla, el salto moral es la transición de la primera parte: desde el retrato opresivo y de rechazo social implacable a la homosexualidad a la notificación de Grindr, la app de citas que se erige como el estándar del ambiente gay de hoy. El personaje que encarna Carlos González es el de un joven historiador que acarrea todos los silencios del país de los últimos 90 años, y a su vez, es la esperanza de todo lo truncado. Javier Ambrossi añade que el interés por la capa presente tiene para ellos algo de empeño estético: “Contar tu contemporaneidad con belleza es un gran reto... Me pasma el don que tienen algunos directores, como Olivier Assayas”. Como pocas veces se permiten los filmes de guerra, en la historia de 1937 abundan las escenas vitales, poéticas y cargadas de homoerotismo entre los soldados fascistas –y entre ellos, una Penélope Cruz a la altura de Marlene Dietrich en Berlín Occidente (Billy Wilder, 1948)–. Javier Calvo observa como, en una escena memorable de fuegos, playa y cuerpos desnudos, Sebastián, el personaje gay, es incapaz de unirse a sus compañeros, impedido por su deseo indecible. “Nos parecía interesante ver a esos soldados disfrutar de su libertad, y haciendo cosas que no permitirían a otros”. Ahí, ese “soy de los vuestros” se derrumba; solo podrá sanarse cuando el propio Lorca aparezca en escena y hable de “los que son como nosotros”. De hecho, la escena de la playa, más que una tensión entre fascismo y los valores viriles que se adjudica, es un homenaje directo a Beau travail (1999) de Claire Denis, cuenta Ambrossi.
La bola negra bebe de la gran cinefilia de sus directores y despliega un universo visual magnánimo y simbólico con el fin de conquistar las heridas, como resume la imagen del personaje de Sebastián plantado sobre la efigie en ruinas de la iglesia de su pueblo, san Sebastián (mártir o icono gay), ensangrentado por las flechas que lo atraviesan. Poco después, pide clemencia con ese “¡Arriba España!” tan elocuente. Ambrossi nos para los pies: “A lo mejor nos estamos enredando porque esto es una película de amor, de guerra, de querer vivir, de negarte a ti mismo y encontrarte”.
MARC BARCELÓ