Han pasado ocho años desde su último film, periodo en el que Pawel Pawlikowski intentó hacer otra película con, por primera vez, intérpretes de Hollywood, pero el proyecto finalmente no salió adelante. Nació entonces esta Fatherland, en la que el director polaco vuelve por terrenos muy reconocibles tanto temática como formalmente.
Como en Ida y Cold War, en Fatherland continúa su personal indagación en torno a esa Europa de posguerra dividida, y volvemos a encontrarnos con ese depurado blanco y negro, el mismo tipo de encuadre… ¿Pueden verse como una trilogía?
Sí, son películas que miran hacia la Historia que conozco, la que forma parte de mi entorno, de mis antecedentes. Así que mi mente se dirige automáticamente hacia ese tipo de material. La Historia atraviesa a las personas. También me gustan estos personajes que están divididos y toman las decisiones equivocadas por las razones correctas. Sucede en los tres filmes. Son materiales como para una tragedia griega. Eso, junto con el contexto histórico, que es muy dramático, es lo que me atrae.
¿Ese pasado al que acude nos enseña algo sobre el actual mundo polarizado?
No sé realmente si estoy haciendo películas sobre el presente. Es verdad que hay ciertas analogías. Me llama la atención ese mundo dividido, entonces de una manera más gráfica que hoy, porque entonces estaba físicamente partido, con dos ideologías enfrentadas en las ruinas de una civilización anterior. ¿Cómo reconstruimos algo que se desmorona? De eso trata esta película, y eso está muy relacionado con el presente.
Pero el mundo actual está dominado por la tecnología y nada en nuestras vidas es físicamente tan dramático como entonces. Recibimos cantidad de información externa que se organiza cada vez más según algoritmos y parece que sabemos de todo, cuando no sabemos una mierda. Todo es información que es muy fácil de dirigir, de manipular, de exagerar y de convertir en relato. Por eso también hago películas ambientadas en el pasado, cuando ocurrían las cosas y tú sacabas tus propias conclusiones.
¿Qué le interesó de Thomas Mann?
En realidad, no estaba demasiado interesado en su poética, sino en utilizarlo como representación de otro tipo de cosas. Su retorno del exilio a Alemania, en ese periodo de unos pocos meses viajando entre los dos bloques, me pareció un territorio muy rico y, de algún modo, cercano. Alguien que procede de una determinada fiolosofía intenta situarse por encima del conflicto, por encima de la división; intenta unirlo todo sobre la base de la cultura y se enfrenta a la brutal realidad de que el poder está en manos de dos relatos a los que en realidad no les importa lo que tú tengas que decir. ¿Mickey Mouse o Stalin? Y recordé también su historia familiar con su hijo Klaus y su suicidio, que era muy conocida. Así que uní lo privado y lo público.
El personaje de la hija es clave en el film. ¿Lo basó en una documentación biográfica rigurosa o lo construyó más libremente?
Sí, me interesaba todavía más la figura de Erika que la de Mann. Fue una mujer adelantada a su tiempo, pero también anticuada, dividida entre la lealtad hacia su padre y la sensación de que ha traicionado a su hermano. Sí que hice una parte de investigación documental porque ella era muy interesante, pero no quería que mi Erika fuera una fría reproducción; quería crear algo que tuviera vida y lógica propia dentro de la película. Es lo que hago siempre con mis personajes.
GONZALO GARCÍA CHASCO