Segunda película de Giovanni tras La ley del superviviente (1967) y con la que consolida su salto a la dirección. Una apuesta a la que sin duda ayudó el apoyo recibido de colegas de profesión como Claude Sautet o Bertrand Tavernier, rendidos desde el principio al talento mostrado tras la cámara. El guion es del propio Giovanni, para el que parte de una novela del escocés John Carrick titulada “The Vulture” (1964).
Caza sin cuartel (1968) es una película áspera, de bajo presupuesto y con las complicaciones típicas de un rodaje en el extranjero –México, en este caso– que termina siendo algo más trascendente de lo que a priori pudiera parecer. Estamos ante una especie de western camuflado de película política y de aventuras sostenida por una sólida interpretación de Lino Venura, aquí en la piel de un sicario –el Rapaz del título original– al que una mezcla de civiles y militares encomiendan el asesinato del presidente del país. Lejos de su perfil habitual en tantos papeles, hombre recto con valores y convicciones firmes con independencia del lado de la ley en el que le tocara militar, en Caza sin cuartel Ventura interpreta a un tipo hosco, resabiado y cínico, visionario en lo tocante a la futilidad de los ideales políticos, sin más interés que la supervivencia y la recompensa económica que su desempeño profesional pueda reportarle. Queda claro todo ello en una primera mitad del metraje que es casi un drama psicológico, con los personajes encerrados en una pequeña habitación a la espera de la acción. Giovanni profundiza también en la personalidad de Chico, interpretado por Xavier Marc, compañero de Ventura en el magnicidio y un joven impulsivo e idealista con cierto pedigrí familiar que le hace merecedor, o eso piensa él, de una elevada posición y trato. La película es precisa mostrando el vaivén de Chico, ora cerca del Rapaz, ora en sus antípodas por el maltrato al que éste le somete y un discurso despiadado que tumba cualquier atisbo de romanticismo revolucionario.
Caza sin cuartel detona en una segunda parte de pura acción en la que el personaje de Ventura enseña por primera y única vez su faceta más empática, paradójicamente frente a un tipo de persona que aparentemente desprecia: esa que se acerca al poder por sistema e independientemente de quien lo ocupe. La amante del presidente y cebo inconsciente de la trampa tendida al objetivo de la conspiración, encarnada por la actriz mexicana Rosa Furman, será la única que logre sacar algún gesto piadoso del mercenario, resumido en un duelo de miradas a mayor gloria de su inventor, Sergio Leone.
Acertada en la definición de los personajes y en el ritmo de las escenas de acción, la película trasciende por su desencanto y pesimismo, impropios del momento en que se rodó y estrenó, apenas unas semanas antes del Mayo francés. Entonces la gente creía en la revolución, no así El Rapaz. Giovanni, vía Ventura, anticipa –y acierta doblemente, en la película y en el mundo real– toda la desazón que golpearía a quienes alguna vez creyeron en utopías y trata con desprecio y sarcasmo lo absurdo que resulta morir por un ideal político. Todo lo resume –tal y como apunta Felipe Cabrerizo en el libro “José Giovanni. No hay vida plena sin piedad”– colocando la lectura de “Los tres mosqueteros” por encima de las obras de Lenin. Hasta ahí hila fino Giovanni, de quien no conviene dejar pasar ni una sola frase sin atender a posibles segundas intenciones.
EDUARDO RANEDO