Mis muertos tristes es el resultado de la combinación de la calidad artística de Pablo Larraín (Santiago de Chile, 1976), director y guionista de la serie, y de Mariana Enríquez, autora de los relatos que Larraín ha adaptado para este proyecto, sin olvidar el magnífico elenco que protagoniza la serie: Mercedes Morán, Dolores Fonzi, Alejandra Flechner y Carolina Álvarez.
La propuesta habita en el mundo de lo fantástico, entre los vivos y los muertos, e integra notas de humor que agilizan temas trascendentales como la escucha de los muertos y la aparición de fantasmas, centrándose en una familia integrada por mujeres que no cumplen el papel establecido en el sistema. Ema, interpretada por Morán, puede ver a los muertos desde niña y, mientras intenta procesar la muerte de su madre, la constante aparición de su fantasma no le permite cerrar el duelo. La llegada de su sobrina Julie y el asesinato de tres adolescentes en un barrio cada vez más inseguro, desatan un extraño fenómeno que rompe el frágil equilibrio entre vivos y muertos. Lo que hasta entonces había sido una carga de Ema comienza a expandirse por todo el barrio: los muertos empiezan a hacerse presentes para todos.
Morán compartió que “tanto la obra de Mariana como la de Pablo tienen una virtud para mí fundamental: no subestiman al espectador, no intentan ser didácticos. Por eso, hay muchas lecturas, y como artista no me quise perder esa combinación”.
Para Larraín era muy importante “poner delante de la cámara la verdad mas profunda que sentí al leer los relatos de Mariana, que abre la posibilidad de ver qué sienten los muertos. De alguna manera, nos hemos apropiado de ese derecho; nos creemos propietarios de los muertos. Creo que cambiar ese punto de vista y dar una voluntad, una voz, a esas cuestiones, es algo muy interesante y muy profundo”. Para Enríquez fue maravilloso dar vida a sus personajes con el reparto ya que todas ellas “son posibilidades geniales de esas pequeñas maquetas de gente que uno crea cuando escribe”.
Entre las décadas de los cuarenta y sesenta se construyeron en Argentina los edificios de carácter social conocidos como monoblocks. Esos edificios, que fueron la esperanza de la clase trabajadora, lentamente fueron abandonados y olvidados. Para Larraín existe un paralelismo entre esos bloques que han quedado en el olvido y la gente olvidada de la película; desde los muertos, hasta los propios vecinos.
Fonzi compartió la preocupante situación que atraviesa su país, haciendo mención a la consecuente caída del progreso en su cine: “Dependemos de las plataformas; en estos momentos ni siquiera podemos gestionar coproducciones como las de antes, en las que trabajábamos con Francia, Bélgica, Alemania… Todo ello sucedía gracias a un Instituto que sostenía la gestión, y se lograba filmar películas pequeñas y llevar a cabo coproducciones internacionales. No sólo retiraron los recursos del Inca, sino que cortaron todas las posibilidades de crear puentes con otros países”. Márquez añade que “la cuestión política en la serie y en mi trabajo en general no es una respuesta a este momento presente de Argentina, pero no porque yo tenga algún tipo de simpatía por la actual administración política de Argentina, sino porque el problema en nuestro país, y en gran medida en Latinoamérica, es estructural: el modelo fracasó y ese modelo no pudo ser reemplazado por ningún otro que le haga a la gente tener una vida más sencilla, y Argentina lamentablemente, como los fantasmas del relato, está en un loop; repite su historia constantemente con diferentes tendencias políticas y gobiernos”.
MARÍA ARANDA OLIVARES