Maha Harada (Tokio, 1962) es una reconocida novelista en Japón. Hace quince años estuvo en el País Vasco y en distintas partes de España investigando el Gernika de Picasso. De ahí surgió su libro “Guernica Cover Up”. Su relación con el arte viene de lejos. Trabajó en algunos museos, entre ellos el MoMA, y se hizo un lugar como comisaria independiente y escritora especializada en cultura.
Su debut cinematográfico se estrena mundialmente en el Festival de San Sebastián. Dirigir con más de sesenta años ha sido un paso natural. “Siempre escribo a partir de imágenes. Quería plasmar esas imágenes con las herramientas del audiovisual”. La acompañaba la reflexión de Marguerite Duras sobre lo difícil que es trasladar una imagen en literatura. Escritoras natas las dos, sin embargo, se decantan por ver más genuino el paso de imagen inspirada a imagen audiovisual. Es posible, pues, que Harada justo haya empezado la carrera que más le encaja.
Muyo no hito / In My Father’s Room cuenta la historia de Satomi, una mujer de cuarenta años que trabaja en un museo de arte que recibe un sobre con una llave que perteneció a su padre, fallecido hace poco tiempo. Satomi rememorará y evocará sus últimos días: un hombre aparentemente marginado por la sociedad que se refugiaba en su devoción silenciosa por la palabra y la belleza sutil. “Un hombre innecesario” es el título del relato corto de la propia autora que sirve de punto de partida para la película. La dicotomía entre lo útil y lo inútil, aplicado al arte y a las formas de vivir, es una de las preocupaciones de la directora. En un mundo lleno de guerras, solemos olvidarnos de la belleza de las pequeñas cosas. Escuchamos a quien grita más, pero podemos aun darnos cuenta que si alguien nos susurra al oído, nos llega más al corazón. Para Harada el film es eso, un susurro. Un elogio de las virtudes que los símbolos esconden. Hay uno que es protagonista: la ceremonia del té. Un monumento a lo cotidiano.
Al lado de lo efímero, el arte de Mark Rothko, el pintor tótem del expresionismo abstracto, es homenajeado como pocas veces hemos visto en ninguna película. Sorprendentemente, Harada cuenta que el fuerte carácter abstracto y artístico del film recibe inspiración directa de El espíritu de la colmena de Víctor Erice. Aunque ahí no se vean ni pinturas ni museos, “tuve la sensación de que el arte late por debajo de las imágenes”. Después de 40 años de verla por primera vez, en su primer film ha podido beber de ella para desplegar su universo visual.
En Japón hay diez obras de Rothko. Gracias a la buena relación que Harada mantiene con el sector museístico, no le fue difícil conseguir el permiso para rodar una de esas obras. Eso sí, no podían moverla del museo. Rodaron en el Nakanoshima de Osaka. El reto más grande fue iluminar bien la Sala 5 del museo de la ficción, guarida del cuadro de Rothko que hila buena parte del argumento. “Trabajamos con expertos de Rothko de todo el mundo para saber cómo tratar la luz sobre el cuadro”. De hecho, impulsaron el Nakanoshima a respetar el memorándum que Rothko dejó sobre como exhibir sus obras y mejoraron la iluminación también para el público que visita Osaka.
La vida sencilla, sensible y silenciosa, como los colores de Rothko cuando se iluminan bien, es el foco de atención de la cineasta. Satomi tolera a una madre hiperactiva (interpretación memorable de Eri Watanabe) que se niega a reconocer la profundidad de lo sencillo; Satomi honra la memoria de su padre volcado en la contemplación pasiva del mundo. No hay dilema, ni trauma, ni nada que resolver. Cada cosa tiene su sitio. En todo caso, el único imperativo es no abandonar la poesía, y terminar el poema. El film empieza con una suerte de verso póstumo del personaje del padre: “Hoy he visto a Satomi”. El final descubre como sigue, y Harada sabe llegar ahí con la máxima pulcritud sin renunciar al torrente emotivo que esconde el pudor japonés.
Memoria, poesía, antigüedades, arte, té. Y música. El tema recurrente en toda la película es una versión reducida a piano (reducida a la emoción más mínima) del aria ‘O mio babbino caro’ de la ópera “Gianni Schicchi” de Puccini. El título no podía ser más perfecto.
MARC BARCELÓ