Oskar Alegria (Pamplona, 1973) nos recibe el día después de estrenar mundialmente su cuarto largometraje en Zabaltegi-Tabakalera. Nos confiesa que se siente vaciado. La película ya anda sola y él puede retirarse como un “apóstol de entrañas vacías”. Alegria habla con el lenguaje del célebre artista vasco, Jorge Oteiza (1908-2003), escultor del friso de los apóstoles de la Basílica de Arantzazu. Catorce apóstoles que, por no respetar el dogma, quedaron en la intemperie quince años hasta que finalmente se instalaron, admirados hoy como un hito del arte moderno vasco, y la búsqueda entre materia, vacío y espiritualidad.
¿HAMALAU gau (CATORCE noches) es una película sobre Jorge Oteiza?
El proyecto surge de un encargo, o más bien, de una carta blanca de la Televisión Vasca (ETB). Me invitaron, sin indicaciones previas, a hacer algo sobre Oteiza, o “con Oteiza”. Ramón Andrés, estudioso de la música que aparece en el film, es muy hábil en preposiciones y me dijo que podría hacer una película no sobre, sino en Oteiza. La carta blanca de ETB se volvió la página en blanco de la que tanto hablaba Oteiza.
Ya que menciona a Ramón Andrés como uno de los participantes, es destacable el carácter coral de la película, repleta de artistas, poetas, investigadores, pastores…
Es un friso conformado por héroes de la intemperie. Hay personas que saben estar sobre la tierra de manera horizontal, que yacen como estuvieron los apóstoles durante quince años, prohibidos, marginados. La intemperie, leída de otra forma, puede ser el regazo de una madre. Los apóstoles, como Oteiza decía, son lo que son gracias al último escultor: la intemperie. La película está llena de apóstoles, cada uno participa en su noche, de donde nos lanzan un susurro, un grito, un llanto o una sonrisa.
Y hay un “apóstol” central: el organista con quien compone la película.
Le hice la propuesta a Iñar Sastre precisamente porque no es organista, sino pianista. Quería que “desocupara” el órgano, como Oteiza desocupaba el espacio para crear su escultura. Al desocupar el órgano, Iñar crea un instrumento nuevo, lejos del órgano litúrgico.
La composición musical como escritura de guion.
Nos encerramos una noche en Arantzazu para crear la música, sin haber filmado casi, dando la vuelta al proceso “normal”. La dificultad te fuerza a ser más creativo. Oteiza decía que hay que hacerlo todo al revés… En realidad, Iñar no ha hecho la música, sino la respiración de la película. Interpretó toda la música con los ojos cerrados, como están los apóstoles de Oteiza. Creo que Iñar Sastre es la única persona que ha visto realmente la película en su tiempo verbal: presente imaginado.
¿Fue difícil acceder a rodar en el santuario de Arantzazu?
Los franciscanos son más vanguardistas que los propios artistas. No hubo ni un problema: me dejaron la llave y me invitaron a la aventura.
En Zumiriki (2020) ya daba un papel central a la noche, acompañando la noche de los pastores. Por no hablar del proyecto The Darkness Collection (2014) donde invitaba a tantos autores a pensar alrededor de la ausencia de luz.
La noche es refugio; un establo también. Filmar la noche en un establo es doblemente refugio. No es solo que a mí me guste la noche. Es que Oteiza tiene muchos textos elogiando la noche. Para él es el espacio sin tiempo. De ahí nace la idea de colección de noches. Hay un verso suyo que me ha acompañado: “Esa larga noche de la que no queremos despertar”.
Se nota un interés por el pasado, por valorar lo propio de Euskal Herria.
Cada vez veo más futuro en el pasado. No sé salir de esa ecuación. Tampoco quiero escaparme de eso. Creo que el pasado está cargado de futuro.
MARC BARCELÓ